Presentación de “La enseñanza de la economía”

     Presentamos a continuación la traducción de un texto clásico sobre la necesidad y las posibilidades de una enseñanza crítica (o radical) de la economía, el de Richard Edwards, Arthur MacEwan, y los docentes de Social Sciences 125 “The Teaching of Economics - A Radical Approach to Economics: Basis for a New Curriculum”, American Economic Review, vol 60, n° 2, 1970, pp. 352-363, disponible en http://digitalcommons.unl.edu/econfacpub/2, publicado aquí con el permiso de sus autores. Hemos decidido incluir en este dossier un texto de más de 40 años porque ha servido de base para innumerables discusiones sobre este tema y porque a pesar de su importancia y de las reiteradas citas, no se encontraba fácilmente disponible. Una versión más extensa del artículo publicado aquí en American Economic Review fue traducida por Mario R. Dos Santos en Crítica a la ciencia económica, Editorial Periferia, Buenos Aires, 1972 pero el libro se encuentra hace mucho tiempo agotado. Esa traducción de una versión diferente del texto fue utilizada en parte como base para la que aquí se presenta, y preparada por Juan Grigera.       Esperamos que el sesgo marcadamente funcionalista en la presentación de los temas y los estrechos límites en que se formulan otro problemas (como los de género) sirvan para hacer de un clásico lo que este se merece: abrir el debate de aquello que aún debe ser desarrollado y debatido de un nuevo currículum para un enfoque crítico en economía, tal como lo hacen otros artículos que conforman este dossier.

Comité Editorial

 


 

 

La enseñanza de la economía. Un enfoque crítico de la economía: bases para un nuevo currículum

Richard G. Edwards, Arthur MacEwan y los docentes de Social Sciences 125*

 

Introducción

     El propósito de este trabajo es esbozar un enfoque crítico de la economía y sugerir de qué modo diversos problemas sociales importantes pueden ser tratados en este esquema. Nuestro esfuerzo por desarrollar un nuevo currículum se basa en la convicción de que el enfoque ortodoxo es incapaz de tratar los problemas fundamentales de la sociedad moderna.

     El análisis económico ortodoxo, tal como se presenta desde los cursos elementales, se basa en la aceptación del status quo de las relaciones sociales. El análisis microeconómico presupone los sistemas de propiedad individual y de toma de decisiones propios de las sociedades capitalistas, y es en este estrecho contexto que se examina el comportamiento monetario de empresas e individuos. En el análisis macroeconómico, cuando el problema a estudiar son las actividades agregadas de estas unidades individuales, la atención se centra en los ajustes monetarios y fiscales necesarios para mantener al sistema funcionando armónicamente. En suma, la curricula de la economía moderna es aquella de la filosofía marginalista: las relaciones sociales existentes se toman como un dato y el problema se circunscribe a administrar el sistema mediante ajustes en sus límites.

     El enfoque marginalista es útil sólo si, aceptadas las instituciones fundamentales del capitalismo, uno se preocupa fundamentalmente de su administración. Si se cuestionan las virtudes del capitalismo como sistema, entonces hay que someter a análisis las propias instituciones y relaciones sociales del  mismo. Se hace necesario, pues, un nuevo enfoque.

     El enfoque tradicional (aquél que acepta al capitalismo y que constituye la base de los planes de estudio actuales de economía), no puede dar cuenta de los problemas de la sociedad moderna. Todo lo que nos dice el currículum respecto de la guerra de Vietnam es cómo se la puede financiar más eficientemente. Se niega la propia existencia del imperialismo. Se enseña que el racismo tiene su origen en las preferencias personales, y la pobreza de los negros y de otros sectores se “explica” como producto de su baja productividad. La destrucción del medio ambiente entra en el currículum como algo tangencial, cuando se señala la existencia de “externalidades” como límites de la teoría. El sometimiento de la mujer, la falta de sentido de las actividades laborales y la alienación de los trabajadores son temas que no son en absoluto considerados. Las alternativas socialistas y el proceso revolucionario se examinan únicamente en función del sistema de valores de un ambiente capitalista.

     Sostenemos que estos temas, su existencia histórica, sus causas, su dinámica y sus consecuencias deben ser centrales para un nuevo currículum de economía. Este reflejaría el tema central del capitalismo norteamericano moderno: el conflicto y el poder. La atención se centraría en las instituciones económicas fundamentales del capitalismo y en las divisiones de clase que esas mismas instituciones fomentan.

     En las Secciones 2 y 3 exponemos la substancia de nuestro argumento para un enfoque crítico a la economía, que puede resumirse como sigue. Partimos del análisis de las instituciones fundamentales del capitalismo. Estas funcionan de manera de limitar el alcance de los resultados sociales posibles; mostramos cómo los problemas sociales antes mencionados (desigualdad del ingreso, alienación, imperialismo, etc.) son atribuibles en forma directa al funcionamiento de estas instituciones. Pero las instituciones fundamentales confieren también poder en forma diferencial, favoreciendo a aquellos que se benefician ya con el sistema económico. Por tanto, entre los ya limitados resultados sociales potencialmente alcanzables, hay una tendencia a elegir aquellos que son menos conducentes para la formación de una sociedad decente.  Analizamos (en la Sección 3) cómo se ejerce ese poder, particularmente a través del Estado, en favor de intereses de clase. En la Sección 4 concluimos con algunas consideraciones sobre los métodos de enseñanza. Una declaración sobre las calificaciones se incluye como apéndice.

1.      Conflicto, Poder e Instituciones

     Los problemas que mencionamos como motivación para elaborar un nuevo currículum de economía (imperialismo, desigualdad, enajenación, racismo, etc.) implican directamente conflictos económicos. Es decir, en cada caso existen grupos sociales con intereses económicos contradictorios. Los conflictos se resuelven mediante el ejercicio de poder y a través del funcionamiento de las instituciones. Para decirlo con mayor precisión, el poder (definido como la capacidad de los grupos o individuos para solucionar los conflictos en su beneficio propio) no se ejerce en el vacío, sino que se ejerce en un medio bien definido de instituciones económicas que imponen estrictas limitaciones a los alcances de su funcionamiento.

     Por ejemplo, en la determinación de los salarios en una sociedad capitalista, el medio institucional limita estrechamente el ámbito en que tiene lugar la negociación colectiva, un proceso que implica poder. En primer lugar, las negociaciones parten del supuesto de que se trata de una lucha por la distribución de las “ganancias excedentes”, es decir, de distribuir aquello que queda después de deducir los “costos” de producción (las ganancias “normales” y gastos socialmente innecesarios como la publicidad, además de costos socialmente necesarios) de los ingresos totales. En el contexto del capitalismo, la proporción de estos costos no es negociable. De hecho, en el contexto del capitalismo, probablemente sea contrario a las intereses de los trabajadores en cuestión incursionar en esos costos, ya que esto podría hacer quebrar a la empresa. En segundo lugar, una vez que se ha negociado un acuerdo sobre los salarios, éste puede ser burlado por incrementos de precios. Por tanto, tanto antes como después de esta operación, el ejercicio de poder en la negociación está severamente limitado por las instituciones del sistema.

     Una de las hipótesis que subyace a un enfoque crítico de la economía es que las instituciones económicas fundamentales determinan en gran medida la naturaleza de las relaciones sociales y que el resultado de los procesos de conflicto social; es decir, que la toma de decisiones a nivel social se organiza y efectúa en gran parte a través de las instituciones económicas fundamentales. Tal hipótesis abarca dos problemas: primero, ¿hasta qué punto las instituciones determinan en forma directa las relaciones sociales y la resolución de los procesos de conflicto social? Segundo, ¿en qué medida está determinada la distribución de poder entre grupos e individuos por la estructura de las instituciones?

     En la consideración del rol de las instituciones del capitalismo, destacamos como instituciones fundamentales (es decir, como definitorias del sistema) a las siguientes: [1] el mercado de trabajo, en el que se trata a la mano de obra como una mercancía y se la asigna al mejor postor; el control del proceso de trabajo por quienes poseen y controlan el capital, [2] con la consecuente pérdida de control de su actividad por parte del trabajador durante las horas de trabajo; la relaciones legales de propiedad, por medio de las cuales se determina la distribución del ingreso mediante el pago a los propietarios por el uso de sus factores productivos; homo economicus, o sea el sistema de rasgos de personalidad característicos del capitalismo y funcionales a él, particularmente el sistema de incentivos a la ganancia individual; y la ideología, que abstrae y organiza la “realidad” de tal modo que permita justificar y facilitar el funcionamiento de las demás instituciones.

     Estas instituciones crean varios de los problemas sociales que hemos mencionado: la desigualdad del ingreso, la alienación, la destrucción del medio ambiente y el imperialismo. Más aún, el racismo y  el sometimiento de la mujer, se convierten funcionales a una sociedad organizada por estas instituciones. Los argumentos que sugeriremos a continuación intentan poner en evidencia los vínculos que existen entre el funcionamiento de las instituciones capitalistas y estos problemas.

Consecuencias de las instituciones capitalistas

La desigualdad del ingreso

     Las tendencias a la desigualdad son parte integral del funcionamiento de las instituciones capitalistas. Consideremos primero las consecuencias de la existencia de un mercado de trabajo. Para asegurar que la gran mayoría de los trabajadores venda su fuerza de trabajo en el mercado, es importante que éstos no cuenten con la opción de trabajar por cuenta propia; es decir, es necesario que no posean otros medios de producción aparte de su fuerza de trabajo (Marx, 1967: cap. 7 y Polanyi, 1957). En consecuencia, la propiedad del capital debe concentrarse en manos de un número relativamente pequeño de no trabajadores. Además, en la medida en que las gratificaciones materiales constituyen la principal motivación para trabajar, el sistema de incentivos que se requiere para inducir a los trabajadores a adquirir una capacitación y aplicarla luego al proceso de producción debe caracterizarse por importantes desigualdades en los salarios.[3]

     Las características del proceso de producción desde el punto de vista del capitalista establecen exigencias similares. En primer lugar, es necesario que existan diferencias sustanciales en las remuneraciones para inducir a los empresarios a cumplir sus funciones sociales como innovadores, organizadores de la producción y tomadores de riesgo. En segundo lugar, dadas las economías de escala (ya sean resultado de diferencias tecnológicas o solo de poder de mercado, etcétera) y dada además la asociación institucionalizada entre propiedad del capital y control del proceso productivo, se produce necesariamente la concentración de la propiedad.

     Por último, la maximización de las ganancias provoca una acelerada tasa de cambio tecnológico. En el marco del mercado, la capacidad de explotar las innovaciones lucrativas depende de la capacidad de recaudar el capital necesario. Una vez que comienzan a producirse desigualdades (o en caso de que existan desigualdades históricas), dicha capacidad se distribuye de manera desigual. Como resultado, las recompensas obtenidas por el cambio tecnológico, que son a menudo importantes, tienden a distribuirse entre aquellos que ya se encuentran en la cima de la distribución del ingreso, impulsando aún más la tendencia a la desigualdad (Schumpeter, 1951). Las tendencias ya mencionadas del progreso tecnológico actúan incluso en ausencia de un sesgo definido que reduzca de forma directa la participación del trabajo en el ingreso, en la elección de tecnologías que ahorran capital o trabajo. En una sociedad con un mercado de factores más o menos competitivo, pero con un control colectivo de los capitalistas de la investigación y el desarrollo, puede mostrarse fácilmente que la elección del patrón de progreso tecnológico será desfavorable para los trabajadores.

     Estas tendencias hacia la desigualdad se derivan directamente de las instituciones fundamentales. No sostendremos, sin embargo, que la distribución del ingreso esté completamente determinada por el funcionamiento de las instituciones capitalistas. La determinación del ingreso es, quizás más que cualquier otra cosa, una lucha. Uno de los aspectos principales de esta lucha es el esfuerzo que realizan los diversos grupos para incrementar los precios de aquellos factores que poseen. Por consiguiente, la lucha por el ingreso puede verse como una lucha de clases, donde éstas se definen en términos de su relación con los medios de producción.

Alienación

     La dicotomía ocio-trabajo, característica de los análisis económicos neoclásicos, refleja una aceptación de la idea de que, en general, las actividades laborales serán una monotonía insatisfactoria realizadas para asegurar un ingreso y que, a su vez, las actividades creativas, conducentes al desarrollo individual, deben ser necesariamente actividades no laborales (“ocio”).       Existe considerable evidencia antropológica de que esta división de la vida es históricamente específica de las sociedades de trabajo mercantilizado y de que las actividades productivas no estuvieron siempre separadas de las creativas,  de progreso individual (Dalton, 1968: 19-25).

     En el seno de la sociedad capitalista, el control del proceso de trabajo en manos de los capitalistas significa que los trabajadores (es decir  quienes venden su mano de obra en el mercado) no determinan la organización tecnológica ni social de este proceso, como tampoco determinan qué se producirá ni para qué se empleará el producto. Por tanto, el trabajador está separado o alienado, tanto respecto de su actividad laboral como del producto de la misma. Además, como no se puede separar a la fuerza de trabajo del propio trabajador, el control que ejercen los capitalistas sobre el trabajo de los obreros implica el control de la vida del trabajador durante la jornada de trabajo.[4]

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     En estas circunstancias, las actividades laborales no son en general creativas ni contribuyen con el desarrollo individual.[5] El obrero no tiene un interés intrínseco ni en las actividades que realiza directamente ni en el fin a que se dirigen; la motivación debe tomar entonces otra forma: la de trabajar por el incentivo extrínseco del salario. Como señalamos antes, para que los incentivos salariales sean efectivos debe existir una marcada desigualdad (y consecuentemente remuneraciones importantes para quienes se “toman en serio” su trabajo).

     Pero la solución del problema de la motivación en un marco de trabajo alienado no pasa sólo por los salarios (y la desigualdad salarial requerida). En las sociedades capitalistas modernas, particularmente en Estados Unidos, el sistema educativo cumple la función de preparar a los obreros para esas condiciones de empleo. El sistema educativo disciplina a la fuerza de trabajo.

     La mayor parte de la gente no encuentra en el trabajo mayor uso de las capacidades intelectuales adquiridas en la escuela, más allá de más elementales (leer, escribir, y aritmética elemental), o, en el caso de que las apliquen, podrían haberlas aprendido en el propio trabajo. Por otra parte, ser puntual en el trabajo, seguir las directivas y aprender a respetar la autoridad, aprender a trabajar siguiendo incentivos externos (calificaciones) y administrar el tiempo son modos de conducta y características afectivas que la escuela inculca y el trabajo requiere. De esta forma, la escuela prepara a sus alumnos, por la misma experiencia que tienen en ella, para funcionar de manera eficiente en un ambiente alienado.[6]

     Las consecuencias de la alienación son obviamente enormes. Cuando la organización y los objetivos de uno de los principales roles en la vida (es decir, el trabajo) son controlados y motivados externamente, tanto el rol asumido como la vida misma tienden a transformarse en algo sin sentido. El desarrollo del carácter y la autoexpresión se distorsionan y se desplazan por el entorno laboral y alcanzan sólo una realización mezquina a través de actividades realizadas en el tiempo libre. El resultado suele ser el cinismo (hacia uno mismo, hacia los otros y hacia la sociedad).

     La alienación del trabajador puede considerarse como una fragmentación de su existencia: él no controla sus horas de trabajo (ni las dispone, organiza o motiva), y por consiguiente se hallan escindidas del resto de su existencia. Su familia, su esparcimiento, su actividad intelectual no se hallan integradas con la actividad laboral que domina su vida.[7] Más aún, las mismas actividades laborales están fragmentadas: la producción capitalista lleva hacia una tecnología que implica una división del trabajo aún más desarrollada, de tal modo que el obrero no participa siquiera en la producción de un producto completo.

     La alienación no es simplemente un “costo” que los trabajadores pueden cubrir mediante un precio de oferta más alto para el trabajo. En primer lugar, no pueden lograr salarios más altos como “compensación” porque disponen de pocas o ninguna alternativa significativa no alienante; es decir, la alienación es omnipresente en la economía capitalista. Más aún, en la medida en que existe una gran variedad de condiciones laborales, la estratificación del mercado de trabajo asegura que la persona inmersa en un medio de trabajo alienado sólo halle como alternativa otros medios similares (un burócrata, en general, no tiene la opción de convertirse en médico). Además la carencia de actividades laborales creativas, que hagan al desarrollo personal, asegura que los trabajadores no exijan un ambiente laboral distinto: sus preferencias (como las de todo el mundo) están moldeadas por el medio, y la falta de alternativas no alienadas no les da a los trabajadores ninguna base para modificarlas.

Destrucción del medio

      Por lo general se le atribuye al capitalismo (así lo hacen Marx, Schumpeter, y muchos otros) el ser un sistema que alcanza la máxima expansión del producto para una base determinada de recursos. Los mercados y el homo economicus demostraron ser poderosas herramientas para organizar una economía hacia el crecimiento. La ideología del capitalismo, a su vez, otorga gran valor al aumento de la producción material.

     Sin embargo, aceptar a la producción agregada per se  como indicador del bienestar sería en el mejor de los casos un procedimiento objetable. Los precios con los cuales se valúa la producción agregada, son reflejo de la distribución existente del ingreso y de las preferencias que engendra el sistema. Por consiguiente, no se les puede adscribir ningún significado objetivo de bienestar. Es más, el propio proceso de expansión de la producción tiene consecuencias más allá del mercado que actúan en detrimento del bienestar social.

     El proceso de crecimiento capitalista ha implicado históricamente la ruptura de la comunidad. Ese proceso asumió diversas formas, incluyendo fenómenos actuales: los procesos de trabajo tradicionales, no alienantes, son destruidos por la competencia con la industria moderna; la introducción de nuevas tecnologías diezma a las comunidades agrícolas; el crecimiento y la decadencia de las ciudades están signados por los caprichos del mercado; los habitantes urbanos experimentan anomia porque sus comunidades se hallan funcionalmente fragmentadas. La “comunidad” no es un bien que pueda producirse para su venta en el mercado.

     Como los capitalistas controlan el proceso de trabajo y su objetivo es la maximización de la ganancia, no habrá una tendencia a minimizar costos que afectan a los demás. En realidad, para cualquier nivel dado de costos, se hará un esfuerzo por maximizar la proporción de costos soportados por otros. Estos costos ajenos al mercado toman la forma de una fractura de la comunidad, de la contaminación del agua y del aire, de la congestión, de la “diseminación urbana”, etcétera; una destrucción generalizada del medio ambiente que no puede considerarse como un asunto secundario, sino que, por el contrario posee una importancia social dominante. Es más, los esfuerzos de los capitalistas por elegir una tecnología y organizar la producción con el fin de minimizar sus propios costos, pero no los costos sociales, aseguran que con el transcurso del tiempo la importancia del problema se acentuará. (Los ricos suelen poder protegerse de la contaminación mediante la zonificación por ejemplo). Por lo tanto el aumento de la preocupación respecto a los problemas de la contaminación no es en absoluto sorprendente, ni debería sorprender que los grupos que se movilizan contra la contaminación logren tener influencia sólo cuando estos problemas lleguen a ser muy graves. Para detener la destrucción del medio ambiente sería necesario restringir severamente la actividad de instituciones capitalistas fundamentales. De este modo, las necesidades humanas se ven subordinadas a las necesidades del mercado y a la expansión del capital.

Imperialismo

     La subordinación de las necesidades humanas a las de la expansión del capital fue siempre una característica dominante del crecimiento capitalista y este proceso se ha verificado no sólo domésticamente sino también en una escala internacional. La propagación geográfica del capitalismo deriva del accionar de sus instituciones fundamentales. En primer lugar, su racionalidad de ganancia individual conduce constantemente a la búsqueda de nuevas fuentes de lucro. Para la empresa, la prosperidad continua depende de la posibilidad de encontrar usos nuevos y rentables para las ganancias acumuladas anteriormente. En segundo lugar, las oportunidades para asegurar la disponibilidad de tales posibilidades de inversión son mayores cuanto mayor sea el alcance geográfico del sistema.

     La propagación del sistema fue un rasgo característico del capitalismo a lo largo de su historia. Ello implicó la eliminación de restricciones para operar en el mercado, sobre el control capitalista del proceso de trabajo y sobre el sistema de la ganancia individual. Anteriormente, el problema consistía en crear naciones y luego sus esferas de influencia. En la actualidad, cuando una nación capitalista se ha vuelto dominante, el problema es el de integrar un sistema capitalista internacional. Esta integración significa como mínimo que los aspectos nefastos del capitalismo (desigualdad, enajenación, destrucción del medio ambiente) se difundan, o, en la medida en que ya existan, se conserven. No obstante, como esta integración tiene lugar bajo el dominio de los intereses empresariales de una nación capitalista avanzada, la capacidad de expansión de la producción no se transmite necesariamente a los países más pobres. En primer lugar, simplemente la acción de la ventaja comparativa que opera en un sistema capitalista integrado impediría la industrialización y el crecimiento de los países pobres. En segundo lugar, las condiciones monopólicas de las empresas norteamericanas permiten aún menos posibilidades de desarrollo para los países pobres. En razón de su poderío, que se ejerce tanto dentro como fuera del mercado, las empresas de los Estados Unidos (o las de otras naciones capitalistas avanzadas) están en condiciones de asegurar su preeminencia con respecto a las oportunidades de inversión e impedir el desarrollo de una burguesía industrial históricamente progresista en los países pobres.   Finalmente, los intereses del capital internacional requieren que se mantenga “un clima favorable para la inversión” y por tanto el poder del estado de los países avanzados se utiliza para evitar cambios políticos radicales y cambios sociales en los países pobres.[8]

Racismo

     El racismo en los Estados Unidos puede considerarse como un apoyo funcional de los intereses del capital. En nuestro análisis de la alienación sostuvimos que la segmentación y la estratificación de la fuerza laboral constituyen un mecanismo mediante el cual se evita que los trabajadores obtengan un salario mayor al verse obligados a emprender trabajos menos deseables. Las personas negras componen sin duda uno de los sectores más oprimidos de la fuerza laboral de los Estados Unidos. Están confinados a los empleos más indeseables y se los retribuye con los salarios más bajos.

     A menudo se sostiene que los trabajadores blancos se benefician con el racismo y que los que pierden son los capitalistas, que se ven impedidos de contratar negros. Este argumento es cierto, en todo caso, solo en el sentido estático en que el ingreso total de la clase trabajadora está prefijado. La división de la fuerza laboral en razas debilita, sin embargo, la posición de los trabajadores como grupo, y en consecuencia se reduce su participación en el ingreso. Las exigencias de los trabajadores blancos se atenúan por la amenaza de que se los sustituya por trabajadores provenientes de la reserva de mano de obra negra.[9]

     Aún más, los antagonismos de los trabajadores blancos, gracias al racismo se orientan hacia los negros antes que hacia los empleadores; es decir, la institucionalización del racismo diluye la conciencia de las divisiones de clase. Cuando la animosidad de los trabajadores blancos se dirige contra los negros, los primeros se ven a sí mismos como poseedores de un lugar en el sistema: no son los que están más abajo.

El sometimiento de la mujer

     La segmentación de la fuerza laboral implica, por cierto, muchas más divisiones que las raciales. Poseen importancia obvia las divisiones generalizadas según la “capacitación” y los niveles de educación. La división por sexo y el concomitante sometimiento de la mujer impregnan la sociedad toda. En este trabajo solo  destacaremos que existen muchos paralelos con el racismo y que los aspectos señalados antes, en particular los que conciernen al rol funcional de la estratificación que posibilita que se paguen bajos salarios por los trabajos indeseables, cobran nuevamente importancia. En realidad, por la mayor parte de su trabajo, es decir por el trabajo doméstico, las mujeres no reciben salario alguno como tal y tienen muy pocas posibilidades de elegir sobre el particular. (Mitchell, 1966; Benston, 1969).

Resumen

     En esta acción hemos proporcionado una serie de argumentos sobre las relaciones entre importantes problemas sociales y las instituciones de la sociedad capitalista. Creemos que el análisis general constituye un componente básico en un enfoque crítico de la economía. Los aspectos que quisiéramos destacar en este resumen son los siguientes:

1.      Las características negativas que hemos adjudicado al capitalismo son totalmente compatibles con una rápida y exitosa expansión de la producción. En realidad, es en el mismo proceso de obtención de un máximo de producto (máximo de ganancia) que las instituciones del capitalismo fomentan, por ejemplo, desigualdad de ingresos y alienación. Por lo tanto, el análisis se basa sólo en parte en la existencia de ciclos económicos, desempleo, etcétera. En esencia, la crítica es plenamente aplicable cuando la economía capitalista se encuentra en auge. Y por más que se pueda valorar la producción en contraposición con otras variables que contribuyen al bienestar, parece obvio que cuanto mayor sea el producto, menos valorable resulta en relación con esas variables. Por tanto, una sociedad capitalista se hace cada vez menos tolerable.

2.      Las instituciones centrales del capitalismo interactúan de tal manera de determinar las relaciones sociales y circunscribir el resultado de las situaciones conflictivas. En primer lugar, estas instituciones actúan de modo paralelo para producir una sociedad de clases. La confianza en los incentivos de la ganancia individual, el control capitalista del proceso de producción y las relaciones legales de propiedad aseguran que el desarrollo capitalista producirá la división de clases. En segundo lugar, las instituciones centrales son altamente interdependientes en tanto sostienen y facilitan el accionar de cada una de ellas; las interrelaciones funcionales son tales que una alteración importante en cualquiera de ellas resulta incompatible con el mantenimiento de las otras.

3.      La aceptación de las instituciones capitalistas trae aparejadas ciertas restricciones en el funcionamiento de la sociedad. Tales restricciones toman por lo común la forma de conflictos entre necesidades sociales alternativas. Por ejemplo, en el contexto del capitalismo se produce el trade off entre crecimiento de la producción e igualdad del ingreso. Esta situación se origina en los requisitos funcionales de las instituciones. Sin embargo es fácil imaginar una sociedad en la que eso no suceda. Este sería el caso si los hombres trabajaran porque lo desean y se sintieran en pie de igualdad con el conjunto de la comunidad, en lugar de trabajar sólo con vistas a la ganancia personal. Otros ejemplos de estos trade offs generalmente aceptados pero que son artefactos del capitalismo incluyen la contraposición entre crecimiento del ingreso y un medio laboral conscientemente planificado, entre tasa de empleo y estabilidad de los precios, entre costos privados y sociales, entre consumo público y consumo privado y entre ingreso y ocio.

4.      Las instituciones centrales del capitalismo actúan de manera suficientemente poderosa como para subordinar otras instituciones a sus necesidades. Hemos ilustrado con el caso de la educación (otros modelos podrían haber sido la familia o la religión) la forma en que otras instituciones sirven a los intereses de la economía. En este sentido, el capitalismo puede caracterizarse como una “sociedad económica”.

     Existen, por cierto, límites en el grado en que las instituciones capitalistas dan forma a la sociedad y no hay duda de que un currículum basado sólo en este argumento sería deficiente. Por lo tanto, pasamos ahora a considerar el ejercicio del poder (en particular, el rol del Estado) en el contexto de las instituciones capitalistas.

2. El ejercicio del poder

Divisiones de clase en la sociedad capitalista

     Como hemos señalado, el desarrollo y el accionar de las instituciones capitalistas dividen la sociedad en clases. En primer lugar, la división de clases es un requisito de la organización efectiva de las instituciones: se debe reducir la mayoría de la población a un nivel proletario al mismo tiempo que se crea una élite capitalista y se justifica su existencia. En segundo lugar, las instituciones básicas actúan de manera tal de acrecentar la riqueza, el poder y los privilegios de esa élite.

     El análisis de las instituciones económicas que lleva a estas conclusiones proporciona una base para examinar el ejercicio del poder, o sea la capacidad de los grupos para resolver en su favor los procesos de conflicto social. En primer lugar, el análisis proporciona la hipótesis de trabajo de que la organización económica es la base del poder; en segundo lugar hace hincapié en que las diferentes clases tienen intereses contrapuestos con respecto al mantenimiento de las relaciones sociales existentes. Conjuntamente, estas afirmaciones nos conducirían a la hipótesis de que el poder en una sociedad capitalista se halla en manos de la clase capitalista, y en tanto la lucha social puede provocar la inestabilidad de las propias instituciones, esta clase ejerce el poder fundamentalmente para mantener las instituciones que operan en su favor. La intervención del poder (para desviar las amenazas· políticas, para despolitizar los conflictos de clase, etc.) asegura el funcionamiento fluido del capitalismo.[10]

El funcionamiento del poder de la clase dominante: El Estado

     La historia reciente de los programas de bienestar social brinda un ejemplo de la interacción entre el funcionamiento de las instituciones y el ejercicio del poder. Como hemos señalado en la Sección 2 la distribución desigual del ingreso es la resultante del funcionamiento del mercado de trabajo, del sistema de incentivos de la ganancia individual y de los ingresos ligados a la propiedad y venta de los factores productivos. Existen, sin embargo, diversas fuerzas secundarias que exacerban la desigualdad, con lo cual la realidad del capitalismo es aún peor que el modelo. Primero, hay muchas unidades familiares que no poseen fuerza de trabajo vendible ni otros factores de producción: las personas enfermas, ancianas, discapacitadas.. Segundo, están  quienes poseen fuerza de trabajo pero  sufren una discriminación en el mercado de trabajo: personas “negras” , otros grupos que no son blancos y mujeres. Tercero, las desigualdades en el ingreso se ven exacerbadas por un acceso desigual a las actividades mediante las cuales se pueda “mejorar” la capacitación laboral (por ejemplo, cursos y aprendizaje de oficios). Cuarto, el desempleo está siempre presente en un sistema capitalista y su incidencia recae con máxima fuerza sobre los estratos de remuneración más bajos.[11]

     Esta situación plantea una amenaza para el capitalismo. Aquellos directamente afectados no tienen ningún interés en el mantenimiento del sistema y se tornan ingobernables. La conservación del sistema capitalista requiere que se alivien las calamidades de la pobreza o por lo menos que se haga algo contra sus manifestaciones. Sin embargo, un ataque a fondo contra las causas fundamentales del problema, el funcionamiento de las instituciones económicas fundamentales, está descartado. Por ejemplo, un programa de bienestar social adecuado interferiría con los incentivos al trabajo; entraría en conflicto con el principio de que el ingreso es un pago por los factores productivos. Por consiguiente, el poder político se enfoca en factores y síntomas secundarios, mientras que los procesos básicos permanecen inalterados. Se establecen programas de pensiones a la vejez; se legislan controles para garantizar la igualdad de oportunidades de empleo; se establecen programas de desarrollo de los recursos humanos y también se sustituyen esquemas de seguro contra el desempleo. Aún en el caso de que tales programas tuvieran éxito, dentro de sus propios términos, sólo podrían eliminar los aspectos más agudos de la desigualdad y la pobreza. De hecho, la mayoría de tales programas fracasa en la realización de sus propios y modestos objetivos.

     La oposición a los programas de bienestar tendientes a preservar el sistema se deriva no sólo del conflicto con las instituciones. A menudo grupos de presión en el seno de la clase capitalista, o bien poderosos grupos profesionales son afectados por la legislación de bienestar. Así la A.M.A. (Asociación Médica Norteamericana) lucha contra la previsión social en medicina; los empresarios privados de la construcción se oponen a los programas de viviendas públicas y al planeamiento urbano; las fábricas de automóviles trabajan para mantener una infraestructura de transporte público inadecuada; los empleadores textiles luchan contra la legislación en de iguales oportunidades de empleo. Todos estos son casos en los cuales parecería que el interés de clase y el interés particular entran en conflicto. Mientras la clase dominante de conjunto se beneficiaría con un programa de mejoras, asegurando con ello su posición, algunos de sus miembros se perjudicarían. Entonces, como la solidaridad de clase dominante (ver más adelante) es al menos tan importante para la conservación del sistema como lo es el evitar los alzamientos de los pobres, el resultado final son programas inadecuados de bienestar social.

     Los programas de bienestar social no son sino un ejemplo de la forma de operar de la clase dominante (tomando la iniciativa, comprometiéndose con sus distintos sectores, absorbiendo descontentos), que se lleva a cabo a través del Estado. Otros ejemplos reveladores son la educación pública, las políticas arancelarias, el financiamiento de programas de investigación, los subsidios a la agricultura y el transporte y la estructura impositiva. Entendemos que estas funciones del Estado son mejor comprendidas si se considera la acción de este último como determinada de modo fundamental por los intereses de la clase capitalista.[12]

Las prioridades del Estado

     Si, siguiendo con nuestra hipótesis, el Estado se halla dominado por la clase capitalista, su funcionamiento debería reflejar las necesidades de esa clase. En los Estados capitalistas modernos, cuando las instituciones fundamentales están firmemente establecidas, el mantenimiento y la preservación de tales instituciones de las que depende la estructura clasista y los privilegios es de fundamental importancia para la clase capitalista. El funcionamiento irrestricto de las instituciones económicas continuará confiriendo poder, riqueza y prestigio a los capitalistas. Estos no necesitan del Estado para fortalecer su posición sino sólo para asegurarla.

     La función del Estado como preservador del sistema es evidente en diversas áreas. Una de las amenazas permanentes para el capitalismo es el fracaso de la economía para generar en forma autónoma una demanda agregada adecuada. Este fracaso ha traído como consecuencia, crisis recurrentes con altas tasas de desempleo. Pese a las otrora aparentemente inviolables objeciones ideológicas en contra de esto, el Estado ha asumido el rol de regulador de la demanda. Tal regulación no elimina el desempleo; sino que sólo lo reduce a niveles que no resultan amenazantes para el sistema.

     Una segunda función del Estado como preservador del sistema ha sido su rol decisivo en el apaciguamiento y la supresión del conflicto de clases. Esto se realiza a través de la supresión de grupos que amenazan al sistema (por ejemplo los Wobblies o los Panteras Negras), o de la desviación de exigencias de cambios estructurales hacia exigencias materiales aceptables (tales como el economicismo de los sindicatos o el capitalismo negro), o de los programas de mejoras sociales. Si se nos permite modificar la jerga de las finanzas públicas, diremos que las acciones del Estado tales como la represión o el bienestar pueden considerarse como “bienes de clase”. Cuando el desafío lanzado por los trabajadores se torna crítico, ningún capitalista aislado puede auto-protegerse. Si efectuara concesiones a sus trabajadores, su posición competitiva se pondría en peligro. El empleo de las fuerzas represivas privadas fue posible, pero altamente ineficiente. Por tanto, se hace necesaria la acción de los capitalistas como clase.

     El enorme establishment militar brinda otro ejemplo del funcionamiento del Estado orientado hacia la conservación del sistema; como tal, desempeña una doble función. En primer lugar, proporciona una racionalización para incurrir en ingentes gastos que sirven para mantener la demanda global sin que resulten amenazadas ni la seguridad ni la posición de ningún grupo de la clase dominante. Por ejemplo, las medidas de bienestar social suelen amenazar a estos grupos. En segundo lugar, y puesto que el sistema capitalista se internacionaliza cada vez más, el aparato militar protege directamente las zonas más dilatadas de este sistema (Baran y Sweezy, 1966).

     La respuesta del Estado frente a los cambios en el proceso de producción, que requieren una mano de obra más calificada, ilustra otro aspecto prioritario de aquél, a saber, la creación de nuevas instituciones. El auge de la educación masiva en los Estados Unidos se produjo como respuesta a la necesidad que tenía la industria de una fuerza de trabajo calificada.[13] Como los trabajadores no están atados a un empleo en particular, cada capitalista no puede invertir individualmente en la capacitación general de aquéllos y contar con que podrá apropiarse de los beneficios. Por consiguiente, los capitalistas transfieren al Estado la responsabilidad del suministro de la fuerza de trabajo calificada. Cuando el Estado maneja la educación y la presenta como una actividad bienestar social, ésta es pagada por los ingresos fiscales en vez de por los propios capitalistas. (Levin, 1969: cap 31; Sexton, 1961; Michelson, 1969; Bowles, 1970, y  Weiss, 1970).

     La estructura del sistema educativo revela la orientación clasista de su génesis. La educación masiva en los Estados Unidos abarca una amplia gama de calidades y se ha establecido una correlación positiva entre los ingresos o la clase de los padres y la calidad de la educación pública que reciben los hijos. Si, como parece razonable, los beneficios de la educación guardan correspondencia con la calidad de ésta, resultan obvios entonces los sesgos clasistas de la educación estadounidense. Por ello, el sistema educativo funciona fortaleciendo las tendencias clasistas de las instituciones económicas fundamentales.[14]

     Existe otro aspecto de la función educativa que revela su sesgo clasista, a saber, su rol en transmitir ideología. Se educa al  estudiantado en una perspectiva social que justifica el statu quo y que caracteriza todo esfuerzo dirigido al cambio como innecesario o fútil.

     El predominio de los roles del Estado en la preservación del sistema y en el desarrollo de nuevas instituciones, con el fin de enfrentar las circunstancias cambiantes, no disimula el hecho de que aquél tiene también intervención directa en la economía para favorecer los intereses inmediatos de los capitalistas. Los ámbitos más significativos (en términos cuantitativos) en que interviene el Estado, son los gastos militares y los programas espaciales, que analizamos más arriba.[15]

     Otro ejemplo que ilustra particularmente bien nuestra afirmación es la relación entre el gobierno y el sector agrícola. El cuadro general de lo que sucedió con la agricultura es bien conocido. Los salarios en este sector se mantuvieron bajos y la tasa de desempleo alta. Los agricultores de subsistencia no pudieron sobrevivir. Los pobres rurales fueron arrojados a los ghettos urbanos, abasteciendo la mano de obra barata que requiere el proceso de expansión industrial. Mientras tanto, los granjeros ricos han recibido subsidios, precios sostén y protección estatal (Baldwin, 1964).

     Además, el mismo proceso que crea el problema agrícola se agudiza por los programas gubernamentales. Los gastos gubernamentales en investigación y extensión agrícolas desempeñaron un papel importante en el aumento de la productividad del sector a un ritmo más rápido que el de la productividad general, y por lo tanto contribuyeron a la relocalización masiva de trabajadores rurales y agricultores de subsistencia. Los trabajos estadísticos disponibles confirman lo que se observa empíricamente al pasar: el impacto global de los programas agrícolas del gobierno consistió en el incremento de las desigualdades en el sector agrícola (Bonnen, 1968, y Boyne, 1965).

     Sin embargo, no sólo importa que el proceso tienda a aumentar las desigualdades, sino también que son los grandes propietarios (de los medios de producción agrícola) quienes se benefician con ello. Sus beneficios derivan directamente de los programas que se desarrollan para “alentar a la agricultura”. Los pagos para mantener tierras sin cultivar no representan ninguna ayuda para el trabajador rural. Los precios sostén para los excedentes comercializables tampoco ayudan a los agricultores de subsistencia. Los subsidios gubernamentales para realizar cambios tecnológicos capital-intensivos tienen el mismo sesgo clasista.

     Los gastos militares, los subsidios agrícolas y otros programas similares proporcionan abundante material para el escándalo. Sin embargo, en términos de su importancia en el funcionamiento global del Estado  creemos que no son los más relevantes. Ocupan un lugar subalterno en comparación con el rol del Estado en el mantenimiento del sistema y en la creación de instituciones secundarias. A pesar de ello, cuando se las estudia en conjunto, las acciones del Estado que amplían directamente los privilegios de la clase capitalista revelan el carácter básico del Estado en una sociedad capitalista y brindan un punto de partida muy útil para realizar el análisis del poder.[16]

Cohesión de la clase dominante

     El término “clase dominante” podría evocar la imagen de un pequeño grupo conspirativo que calcula fríamente la opresión de los pobres y su propia ventaja. Sin embargo, el funcionamiento real de la clase capitalista dominante en los Estados Unidos no puede comprenderse correctamente en tales términos.

     Una clase opera como tal de muchas maneras. En primer lugar, puede ser consciente de su rol como grupo con un conjunto de intereses comunes y puede actuar con cohesión interna sobre la base de dicha conciencia. En segundo término, la clase puede tener en común un sistema de valores o una ideología que justifiquen su posición de clase y sirvan como guía para la acción. En tercer lugar, puede unirse en torno de problemas específicos que favorecen los intereses de algunos de sus miembros, con la condición de que el- favor se retribuya cuando estén en juego los intereses particulares de otros miembros.

     En general, resulta difícil distinguir cuál de estos tres mecanismos actúa en un momento dado. En el caso de los Estados Unidos, probablemente resulte acertado decir que actúan los tres. Por ejemplo, las escuelas de élite, los barrios clasistas y los clubes sociales tienden a inculcar en los miembros de la clase dominante un sentido de identificación y, al mismo tiempo, de diferenciación con el resto de la sociedad. Así, toman nota de su ubicación particular en el statu quo de las relaciones sociales y trabajan conscientemente por la estabilidad del sistema. Como es obvio, si son conscientes de su propia posición y si actúan con vistas a un fin común, los miembros de la clase dominante no necesitan “conspirar” para asegurarse un comportamiento que favorezca sus intereses comunes.

     Por otra parte, la muy fuerte ideología capitalista tiende en los Estados Unidos a provocar que la conciencia de clase sea per se menos importante. Un conjunto de valores que justifica la posición de la clase capitalista, las instituciones fundamentales del capitalismo y el statu quo proporciona en general una guía para la acción. En realidad, el predominio de la ideología capitalista asegura no sólo un accionar común por parte de los miembros de la clase capitalista, sino que significa también que otros cooperarán al servicio de los intereses de esa clase por encima de los suyos propios. Este es el caso cuando, por ejemplo, los trabajadores blancos aceptan el racismo y rechazan una conciencia de clase trabajadora.

     En muchos temas el intercambio de favores promueve el interés de clase. Esto ocurre cuando cada grupo dentro de la clase capitalista estructura sus propias políticas de modo de no entrar en conflicto con otros grupos dentro de la misma clase, esperando (y recibiendo) esta cooperación en cambio.

     Estos mecanismos que agrupan a una clase no deberían confundirse con la identidad objetiva de la clase en sí misma. La clase capitalista es una clase dominante en los Estados Unidos. El grado en que posea una conciencia de clase, una ideología fuerte y cooperación interna, determina cuan exitosamente puede dominar.[17]

3. Sobre la enseñanza y la práctica

     Hasta aquí hemos limitado nuestra discusión a los contenidos de un curso crítico. Sin embargo, un contenido como el que describimos constituye sólo una parte de un enfoque crítico de la economía. En primer lugar los docentes universitarios trabajan en uno de los centros de actividad social más radicalizados de los Estados Unidos. Los profesores de tendencia radical deberían considerar, por consiguiente, su propio trabajo como parte de un movimiento de oposición más amplio. Por tanto, deberían planificar sus cursos de modo que éstos sean relevantes frente a las preocupaciones y necesidades de ese movimiento. Más aun, los economistas críticos no pueden estar aislados como académicos. Sólo interviniendo en las actividades del movimiento de oposición podrán integrar su trabajo académico con los intereses del movimiento.

     En segundo lugar, el modo de enseñar también es importante para el enfoque que proponemos. En la Sección 2 sugerimos que una de las funciones del sistema educativo de los Estados Unidos es preparar a los estudiantes para el autoritarismo y las condiciones represivas imperantes en los lugares de trabajo. Obviamente, los docentes críticos no pueden permitirse ser parte de semejante proceso de socialización. Es necesario, tanto para nuestra propia liberación como para el bienestar de los estudiantes, que se rompan las relaciones autoritarias en el aula. La función de clases magistrales, por ejemplo, en la que una persona habla ante una masa de estudiantes es, en general, incompatible con una enseñanza crítica. A su vez, los docentes críticos deberían discutir el sistema de notas y el rol que las calificaciones juegan en proveer un sistema de incentivos externos análogos a y preparatorios del sistema salarial (ver Apéndice).

     En otras palabras, la enseñanza de la economía con un enfoque crítico no se reduce simplemente a presentar una interpretación particular del capitalismo de los Estados Unidos. Un enfoque radical lleva consigo una lección sobre el cambio, lección que debe seguirse en nuestra enseñanza de la economía política.

Apéndice

Declaración sobre las calificaciones por los docentes de Social Sciencies 125 a la Comisión de política educativa*[i]

     Las calificaciones cumplen diversas funciones: establecen un sistema de incentivos para los estudiantes, estructuran la naturaleza de las relaciones sociales en el proceso educativo y proporcionan información necesaria dentro y fuera de la universidad. Sostenemos que su función incentivadora y su efecto sobre las relaciones en el aula son contrarias al aprendizaje. Aún más, creemos que su rol informativo podría cumplirse mediante otro tipo de mecanismos, que promoverían antes que obstaculizar el aprendizaje.

Incentivos

     El aprendizaje debería llevarse a cabo con vistas a alcanzar fines sociales deseables y por el placer intrínseco de aprender. El proceso de calificaciones implanta una estructura indeseable de recompensas en la cual obtener una calificación elevada se convierte en la fuerza motivacional. La recompensa indirecta de una buena nota reemplaza la satisfacción directa del proceso de aprendizaje o del conocimiento resultante, como objetivo final de muchos estudiantes. Semejante estructura de incentivos es indeseable en y por sí misma.

     Sin embargo, el papel de las calificaciones en las instituciones educacionales no puede comprenderse cabalmente mientras la atención se limita sólo al ámbito universitario. Las calificaciones cumplen la función de socializar a los estudiantes como fuerza de trabajo. En un empleo, los trabajadores no sienten satisfacción alguna en relación con un interés intrínseco en el proceso de producción o en el producto final de su trabajo. Tampoco obtienen satisfacción por la utilidad social del producto. En lugar de ello, están motivados por la perspectiva de una recompensa externa: los salarios recibidos a cambio de su fuerza de trabajo. En el lugar donde desempeñan su tarea, la necesidad de sustituir los incentivos externos por un interés intrínseco surge a raíz de la separación de los trabajadores del control sobre el proceso de producción y sus productos. Las calificaciones tienen un papel importante en la preparación de los jóvenes para esta clase de medio laboral. Nosotros rechazamos tanto el sistema económico como el educativo que actúan de este modo.

     El contenido del conocimiento adquirido por el estudiante también se ve afectado por las calificaciones. Se hacen más importantes aquellos aspectos de cualquier tema de una materia que puedan reducirse más fácilmente a una medida unidimensional única, como por ejemplo, los datos fácticos y cuantificables. En la elección de los temas de las evaluaciones se prefieren las cuestiones secundarias que pueden investigarse sin dificultad y para las cuales es posible elaborar una respuesta en el limitado tiempo disponible. Para asegurarse una retribución inmediata el estudiante tiende a minimizar los riesgos, restringiendo al ámbito de su investigación. Como consecuencia, se da por supuesto el marco y el contexto más amplios de sus estudios. Por tanto las calificaciones desempeñan un papel significativo en la perpetuación del statu quo en la investigación. Esto es lo que objetamos.

Lo estructura de las relaciones sociales en el aula

     El poder de calificar les proporciona a los profesores la sanción como un medio para el ejercicio de la autoridad en el proceso educativo. Las calificaciones fomentan el consentimiento y el conformismo entre los estudiantes y eximen a los profesores de la necesidad de ser relevantes, interesantes y estar bien preparados en sus clases. Los estudiantes reprimen su crítica de la mediocridad y la torpeza en parte por el temor de arruinar sus notas y en parte porque el sistema de calificaciones ha desviado su atención del aprendizaje como tal. (No planteamos aquí la posibilidad de que las calificaciones inspiren conformismo político entre estudiantes y profesores.) En general, las relaciones autoritarias que se dan entre ambos en la clase es incompatible con el aprendizaje; es también por este motivo que nos oponemos al sistema de calificaciones.

La información

     Los principales consumidores externos de la información que proporcionan las calificaciones son  sus empleadores y las escuelas de graduados, que necesitan identificar a los estudiantes que más convienen a sus propósitos. Las calificaciones les proporcionan , sin costo alguno, un medio para clasificar a los estudiantes según sus objetivos. Pero la educación no debería subordinarse a sus necesidades, en especial porque las calificaciones interfieren en el proceso de aprendizaje. Las escuelas de graduados y los empleadores podrían elaborar sus propios mecanismos de evaluación y selección si no se calificara a los estudiantes, como ya sucede con los alumnos de una cantidad de colleges, como por ejemplo Antioch, donde no se califica.

     Las calificaciones se utilizan también para cubrir necesidades de información dentro de la universidad. Los estudiantes se sirven de ellas para conocer el concepto de los profesores sobre su rendimiento en clase. Los miembros del cuerpo de profesores utilizan las calificaciones de los cursos anteriores como indicadores para admitir estudiantes en sus propios cursos. La administración las emplea para distribuir su ayuda financiera. Aunque rechazamos este último uso pensamos que la información sobre el desempeño de un estudiante puede ser útil tanto para el mismo como para el profesor en el proceso educativo. El uso de una libreta de calificaciones no es, sencillamente, el mejor medio para llenar tales necesidades de información.

     Por todas estas razones encontramos detestable al sistema de calificaciones e intentamos sustituirlo por otros mecanismos que cumplan aquellas funciones de las calificaciones que, a nuestro parecer, deberían retenerse. En nuestro curso prepararemos evaluaciones escritas del trabajo de cada estudiante, que quedarán a disposición de este último y de aquellos a quienes éste autorice. Además, dispusimos encuentros individuales entre el estudiante, y el instructor durante el semestre. Por último, la misma organización del curso en pequeñas secciones les proporciona automáticamente a los estudiantes un feedback constante.

     Por consiguiente solicitamos a la Comisión de Política Educacional que elimine el requisito de las calificaciones de nuestro curso. Asimismo, pedimos una audiencia pública con la Comisión para tratar tanto lo solicitado como el papel general de éstas en Harvard. Desearíamos presentar en esa ocasión los argumentos que avalan su supresión total de las calificaciones en el proceso educativo de Harvard.

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[1]                       *             Social Sciences 125 “La economía capitalista: conflicto y poder”  es un curso que se dicta en el marco del programa de Educación General de Harvard College. Solicitamos que el curso fuese registrado en el Departamento de Economía, de tal manera que pueda tener validez como correlativo para cursos superiores de economía. El Departamento de Economía de Harvard no accedió a lo solicitado. Los docentes se reunieron semanalmente desde otoño de 1968 para elaborar el núcleo de un enfoque crítico en economía y para estructurar un curso en torno de dicho núcleo. Las ideas presentadas en este trabajo son el producto de ese grupo. La formulación que aquí se ofrece estuvo a cargo de Richard Edwards y Arthur MacEwan. Los otros miembros del grupo (aproximadamente mitad de los cuales pertenecen al cuerpo docente titular y la otra mitad temporarios) son: Keith Aufhauser, Peter Bohmer, Roger Bohmer, Samuel Bowles, Herbert Gintis, Carl Gotsch, Stephan Michelson, Ralph Pochoda, Patricia Quick, Michael Reich y Thomas Weisskopf. Le agradecemos a Janice Weiss por la ayuda prestada para editar este trabajo. [Traducido por Juan Grigera].

[2]                                              Ver Polanyi en  Dalton (1968); Dobb (1963) y Mandel (1968) para una discusión sobre la operación de las instituciones capitalistas y su desarrollo.

[3]                                                              Si bien “propietarios” y “administradores” del capital no son necesariamente las mismas personas, tomados como un grupo único definen las metas de la empresa capitalista como maximización de ganancias. Sobre este punto puede consultarse  Baran y Sweezy (1966), y Solow (1968), que responden a Galbraith (1967). Lo único que precisamos aquí es afirmar que las empresas maximizan las ganancias “aproximadamente” o que así lo hacen en el “largo plazo”.

[4]                                                              La existencia de desigualdades junto a incentivos materiales personales es una característica que aparece tanto en algunas sociedades socialistas como en las capitalistas. Meade (1965) explica el rol dual de los precios en una economía de mercado señalando que los precios que conducen a una asignación eficiente de recursos pueden dar como resultado una distribución de ingresos extremadamente indeseable.

[5]                                                              Marx (1964)  provee la formulación clásica de este proceso de alienación. Algunas lecturas basadas en la situación más moderna incluyen Gerth y Mills (1958); Chinoy (1965); Blauner (1964); Josephson y Josephson (1962), y Fromm (1944).

[6]                                                              Para expresarlo de manera más general: en tanto exista un trade-off entre la calidad del proceso de trabajo y el máximo de beneficio, en una sociedad capitalista siempre se sacrificará lo primero en favor de lo segundo. La situación puede ilustrarse en gráficamente en la Figura 1. Por supuesto, en una sociedad donde las preferencias de los trabajadores dominará, el punto de transformación podría ser muy diferente, tanto debido a una orientación motivacional diferente de los trabajadores como por el desarrollo consciente de nuevas tecnologías en consonancia con un trabajo de mayor calidad.

[7]                                                              En el Apéndice se amplía este argumento, en particular con respecto al papel de las calificaciones. Pueden verse también los trabajos sobre la función de las escuelas de Gintis (1968), Parsons (1959), Inkeles (1966), y Friendenberg (1983). Debe señalarse que lo que se ha dicho acerca de la alienación y la educación en el medio capitalista también puede aplicarse a otras sociedades modernas, altamente burocratizadas y organizadas. Por lo tanto, la eliminación del capitalismo es una condición necesaria, pero no suficiente, para superar este problema. Sobre los requisitos de personalidad para la burocracia, véase Weber, en Gerth y Mills (1958) y Merton (1952).

[8]                                                              Con respecto a la fragmentación de la vida, véanse los trabajos citados en la nota anterior, así como también Polanyi, en Dalton (1968) y Keniston (1960), especialmente pp. 243-268.

[9]                                                                      Algunas referencias útiles para un análisis crítico del imperialismo incluyen Sweezy y Magdoff (1969); Magdoff (1969); Frank (1967); Baran (1957) y Lenin (1939). Para una historia del imperialismo norteamericano, ver LaFeber (1963); Williams (1964), y Nearin y Freeman (1966).

[10]                                                           Michael Reich en su investigación sobre la relación entre racismo y divisiones de clase ha encontrado que la desigualdad racial entre negros y blancos (medida por la diferencia entre los ingresos medios de blancos y no blancos) guarda una correlación significativa y positiva con la desigualdad de clase entre blancos (medida por el coeficiente de Gini para el ingreso de los blancos). Véase también Spero y Harris (1968), cap. VII y passim.

[11]                                                           Si bien sostenemos que el poder está controlado por la clase capitalista, ello no quiere decir que. ella monopolice el poder, o que su gobierno se· ejerza sin límite. alguno. Es más, los capitalistas no necesitan monopolizar los puestos ejecutivos ni tampoco se ven obligados a actuar según un esquema articulado para ser dominantes. La existencia de una ideología que favorezca los intereses capitalistas y de un conjunto común de intereses objetivos propios entre los capitalistas sirve para asegurar que las decisiones se tomen en su favor. En este sentido es que podemos identificar la clase capitalista como una clase dominante. La división dicotómica de la sociedad entre trabajadores y capitalistas supone obviamente una simplificación. Existen otros grupos (por ejemplo, los profesionales que obtienen altas remuneraciones, los agricultores propietarios de tierras, etcétera) que no es fácil identificar en forma directa con ninguna de estas clases. Sin embargo, usamos el término “trabajador” en su sentido amplio para identificar a todos aquellos que venden su fuerza de trabajo en el mercado y, en consecuencia, tal categoría de clase se extiende a la mayoría de la población. Además, el análisis precedente de las instituciones capitalistas, así como el examen siguiente del ejercicio del poder, nos lleva a la conclusión de que ellas constituyen los grupos más importantes que deben estudiarse para comprender el cambio social. Sobre la clase dominante norteamericana, ver Sweezy (1953, cap 9); Mills (1956) y Domhoff (1967), sobre la naturaleza de las clases, ver Thompson (1963); Bottomore (1966) y Bendix y Lipset (1966).

[12]                                                           Miller (1964) contiene una buena descripción de estas fuerzas secundarias. Para una crítica por izquierda de Miller, ver  Kolko (1965).

[13]                                                           Sweezy (1942, cap.13) contiene una buena exposición sobre esta visión del estado. El argumento clásico es el de Lenin (1939, especialmente Parte 1) y Lenin (1965).

[14]                                                           Ver por ejemplo Carleton (1908) y Cremin (1969: 23-57).

[15]                                                           La relación entre las desigualdades en la escolaridad y las desigualdades en la distribución del ingreso total pueden expresarse como sigue: Y representa el ingreso individual, K los rendimientos del capital y L los ingresos del trabajo. Si consideramos la varianza de Y en relación con la media de Y como nuestra medida de la desigualdad de ingreso, podremos ver fácilmente que:

 

        Bajo el supuesto plausible de que la mayor parte de las desigualdades en los ingresos de los trabajadores se debe a desigualdades en la capacitación, en la educación y en el proceso general de socialización, tendríamos que las desigualdades en la escolaridad pueden contribuir a la desigualdad del ingreso, aunque las desigualdades en la escolaridad no estén asociadas con desigualdades en la propiedad del capital. Sin embargo, obsérvese que el último término de la derecha representa en la ecuación la incidencia del grado de asociación entre las desigualdades entre los ingresos del capital y del trabajo sobre la desigualdad del ingreso total. Dadas las desigualdades sociales de clase de nuestro sistema educativo, esperamos que el término de la covarianza sea positivo.

[16]                                                           Para documentación sobre los subsidios provistos a contratistas militares, ver Weidenbaum (1968) el Joint Economic Comittee (1969).

[17]                                                                   Si el Estado tomara algunas acciones que, en términos de su impacto directo, mejoraran la distribución del ingreso, esto sería consistente con esta teoría siempre que estas acciones puedan ser interpretadas en función de la estabilidad del sistema. Lenin (1969) analiza la legislación de la jornada de diez horas en estos términos.



[i] Este pedido fue enviada al Comité de Política Educativa de la Universidad de Harvard por los

 

docentes de Social Sciences 125 durante el primer semestre en que el curso fue dictado. El pedido fue

 

rechazado.