Tópicos contemporáneos del marxismo: aproximaciones teóricas a los problemas del capitalismo del siglo XXI

Pablo Míguez

Doctor en Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires (UBA); Licenciado en Economía (UBA) y Licenciado en Ciencia Política (UBA). Investigador del Conicet y docente de laUniversidad Nacional de General Sarmiento (UNGS) y de la Universidad de Buenos Aires (UBA).

Recibido: 27 de diciembre de 2014

Aceptado: 23 de marzo de 2015

Contemporary topics of marxism: Theoretical problems of the XXI century capitalism approaches

Temas contemporâneos do marxismo: problemas teóricos das abordagens capitalismo do século XXI

                                                                       

RESUMEN

     En este trabajo  proponemos analizar la emergencia en la economía política marxista de ciertas temáticas que se imponen desde los años setenta al calor de las transformaciones del capitalismo de posguerra y de su lógica de valorización del capital. Desde ese momento hasta la actualidad, los cambios en el proceso de trabajo y la tecnología, en las  formas de intervención del Estado y la hipertrofia del capital financiero constituyen procesos vinculados que generaron una nueva forma de articulación entre Capital, Trabajo y Estado, en el capitalismo contemporáneo.

     Estas tres transformaciones dieron lugar al desarrollo de tópicos novedosos y específicos en el marxismo que permitieron actualizar el debate, más allá de los temas clásicos, vinculados a la concentración del capital, la teoría de la crisis, la teoría de los ciclos largos o el intercambio desigual. Seleccionamos y sistematizamos estos elementos para pensar su influencia en la dinámica del capitalismo actual.

PALABRAS CLAVE: MARXISMO-PROCESO DE TRABAJO-CAMBIO TECNOLOGICO-ESTADO-CAPITAL FINANCIERO

ABSTRACT

     With this work, we propose to analyze the existing emergency in the Marxist political economy of certain subjects imposed since the seventies, heated by the post-war capitalism transformation and its logic towards the wealth valorization. Since that particular moment in time up until now, the changes in the work process and technology, the ways in which the state intervened and the hypertrophia reflected in the financial wealth, constituted a series of interrelated processes which generated a new form of articulation between wealth, work and state in contemporary capitalism.

     These three transformations gave birth to the development of innovative and specific topics in the Marxism field that permitted that an up to date debate could take place outside the boundaries of the conventional subjects interconnected to the concentration of wealth, the theory of the crisis, the long cyclical theory as well asthe unequal exchange. We selected and systematized these elements in order to think about their influence in the actual situation and dynamic of the capitalism.

KEYWORDS: Marxism-Labour Process- Technological Change-State-Financial Capital

RESUMO

     Proponos analizar no presente trabalho o surgimento de certos temas da economia política marxista que foram impostos a partir da década de 1970 com o calor das transformações do capitalismo do pós-guerra, e a lógica de valorização do capital. Desde essa época até o presente as mudanças  no processo de trabalho e a tecnologia, nas formas de intervenção do Estado e a hipertrofia do capital financeiro são processos vinculados que geraram uma nova forma de relacionamento entre Capital, Trabalho e Estado no capitalismo contemporâneo. Essas três transformações deram espaço ao desenvolvimento de novos  e específicos temas no marxismo, permitindo  atualizar o debate para além de temas clássicos ligados à concentração de capital, à teoria da crise, à teoria dos ciclos longos ou intercâmbio desigual. Selecionamos e sintetizamos  esses elementos para pensar a influência  dos mesmos sobre a dinâmica do capitalismo atual.

PALAVRAS-CHAVE: MARXISMO-PROCESO DE TRABALHO -MUDANÇA TECNOLÓGICA-ESTADO-CAPITAL FINANCEIRO

 

Introducción

La obra de Marx despierta múltiples pasiones por tratarse de la más aguda explicación del funcionamiento del capitalismo y de sus sucesivas crisis. Su influencia en la estructuración de la Economía Política como disciplina, brindó la excusa necesaria para refundarla  sobre nuevas bases. El surgimiento de la economía neoclásica en la década de 1870 muestra que la teoría del valor trabajo había conducido a un camino sin salida para quienes defendían el orden del capital.

     Sin embargo, el marxismo- en tanto crítica de la economía política- sigue gozando de buena salud. A pesar de su lugar subalterno en la academia dominante, los debates al interior del marxismo giraron en torno a problemáticas que pueden agruparse en diferentes tópicos que alimentaron y excedieron “la obra de Marx”.

     En este trabajo proponemos explicitar y analizar algunos de los tópicos que desde el comienzo se impusieron en la discusión del pensamiento de Marx y señalar la emergencia -alrededor de los años setenta del siglo pasado- de  algunos más recientes que permitieron aggiornar el marxismo a las circunstancias del capitalismo contemporáneo.

     Algunos de los tópicos sobre los que se había concentrado la tradición marxista y la crítica de la economía política giraban en torno a preocupaciones presentes en El Capital, y otros a partir de lecturas posteriores  a la obra de Marx. A los primeros podemos llamarlos “tópicos clásicos” y surgieron entre la obra de Marx y los años 70´ del siglo XX. Partiendo siempre de la teoría del valor trabajo, y en una enumeración que no pretende ser exhaustiva, ellos son: la concentración y centralización del capital, la teoría de la crisis, la teoría de los ciclos económicos, la división internacional del trabajo y el intercambio desigual. Si bien estos no agotan las problemáticas introducidas por el marxismo, fueron muy discutidos hasta los años setenta y  siguen generando desarrollos en la Economía Política. Sin embargo, a partir de ese momento nuevos desarrollos de la relación del capital impulsaron el surgimiento de nuevos tópicos y enfoques para mantener la eficacia de la crítica. Alrededor de estos últimos trata el presente trabajo.

1.      Los tópicos “contemporáneos” del marxismo

 

     A partir de los años setenta se presentan nuevos desafíos para la caracterización de un capitalismo que desde la segunda posguerra- lejos de verse debilitado- atravesó  los mejores momentos de su desarrollo. En esa década confluyeron numerosas circunstancias que ameritan analizar con mayor detalle tres cuestiones que condicionaban sobremanera la lógica de la valorización del capital, la acumulación y las crisis: en primer lugar, el trabajo y el cambio tecnológico, en segundo lugar, la naturaleza y las formas de la intervención del Estado en la acumulación, y finalmente, el auge de las finanzas.

 

1.1. El trabajo y el cambio tecnológico

     En la tradición marxista no existían dudas sobre la pertinencia de la teoría el valor-trabajo. El surgimiento de la economía neoclásica a finales del siglo XIX y la keynesiana en los años treinta, suponían una negación a estos presupuestos  aun cuando los enfoques marxistas sostenían que la teoría del valor trabajo era el eje sobre el cual giraba todo el análisis de Marx. Sin embargo, la valorización del capital supone la realización de procesos de trabajo cuya atención había sido levemente descuidada  por la tradición marxista. La plusvalía de la ganancia derivada de ella, y la posterior acumulación del capital, eran las variables “verdaderamente” relevantes para establecer la dinámica del capitalismo y, por tanto, las que ocupaban la atención de los economistas marxistas.

     Como es sabido, los procesos de trabajo generan trabajo excedente -plustrabajo-, y a medida que se desarrolla el capitalismo la “productividad” aumenta tendiendo paradójicamente a requerir menos capital variable por unidad de capital constante. Marx era bien consciente de ello.  Había leído a Ure y a Babbagge, había realizado cursos de oficios para estar al corriente de las innovaciones técnicas de su época y, además, había escrito numerosos manuscritos, incluso antes de los célebres capítulos sobre la cooperación simple, la manufactura y la gran industria del Tomo I de El Capital.

     La Economía Política posterior  desatendió este aspecto, que luego fue abordado por disciplinas como la sociología del trabajo, de la mano de George Friedmann y Pierre Naville (1963). Estos autores tomaban en serio los trabajos de Marx pero no intentaban trascender el marco específico de los procesos de trabajo para comprender el ciclo completo de la valorización del capital.

     En los años setenta numerosos marxistas estudiaron los procesos de trabajo y sus derivaciones se discuten hasta hoy. En 1974 Harry Braverman escribió Trabajo y Capital Monopolista, donde analizó la introducción del Taylorismo como momento central de la subsunción real de la fuerza de trabajo, buscando explícitamente “complementar” el aspecto faltante del enfoque de Baran y Sweezy.

     El avance del capitalismo industrial desde la crítica de Marx hasta los tiempos de Braverman obligaba a analizar el origen de la “administración” del trabajo -del management- surgido precisamente en Estados Unidos. También en las economías de tipo soviético se hacía una exaltación del trabajo como la condición para el desarrollo de las fuerzas productivas y se alentaba a estudiar los métodos capitalistas de gestión de la fuerza de trabajo que aumentaban su productividad, como en el caso del taylorismo recomendado por el propio Lenin y del posterior “stajanovismo”. La administración requería el “control” del trabajo, y para ello necesitaba previamente conocer verdaderamente el trabajo. Para Braverman, el taylorismo es el método que provee esta instancia necesaria para un capitalismo que, desde su perspectiva teórica, se preparaba para ingresar en la fase monopolista. El control del proceso de trabajo debía ser mucho más minucioso, completo y esmerado que en el pasado. Si antes de Taylor el control consistía en el mero agrupamiento de los obreros en el taller, la imposición de un horario de trabajo, la supervisión de la intensidad con que se trabajaba  y del cumplimiento de reglas de conducta o la imposición de mínimos de producción, desde ahora en adelante se buscará  imponer, según explica Braverman (1984) al obrero “la manera precisa en que debe realizarse el trabajo.” (p. 111-112)

          Según Braverman (1984) era necesario para aumentar la velocidad del trabajo conocer cómo éste se hacía, y fragmentarlo lo más posible, tarea que requería un conocimiento previo del objeto de disección. Si el taylorismo representaba la búsqueda incesante de las economías de tiempo, lo era porque lograba expropiar el conocimiento que los obreros ya poseían para luego sistematizarlo. Un trabajo empobrecido en su contenido, logrado como resultado del control, era una condición para aumentar la velocidad de su prestación, aunque llevando a un efecto degradante sobre la capacidad técnica del obrero y dando lugar a la descalificación de la fuerza de trabajo, según explica Braverman.

     Uno de los principales aportes del trabajo de este autor fue rescatar del olvido la relación entre trabajo y ciencia que -quizás con la excepción de marxismo operaísta italiano- se había dejado de lado en los estudios sobre el desarrollo del capitalismo. Pero si repara en la ciencia, es porque permite acelerar la “mecanización” de los procesos productivos, esto es, facilitar la automatización mecánica. Históricamente la simbiosis entre ciencia e industria se había iniciado, según Braverman, en Alemania (sobre todo en la industria química) antes que en Inglaterra o Estados Unidos. Y no fue hasta el fin de la segunda guerra mundial que Estados Unidos consiguió una base científica igual a su base industrial. Se trata de esfuerzos deliberados por llevar el conocimiento científico a la industria, de ser capaces de generar las innovaciones necesarias para una producción acelerada de cambios tecnológicos. En otras palabras, impulsar la productividad.

     Por un lado, la ciencia no sólo estudia y tiene por finalidad la producción o el “sistema de máquinas” sino que tiene sus propios fines (sobre todo la ciencia básica). La producción de conocimientos se había convertido en una actividad específica no sólo  al interior de las empresas sino para numerosas organizaciones que la realizaban como actividad principal. Esto lo advertían incluso autores afines al enfoque del Capital Monopolista como David Noble. Noble (1979) señalaba en América by design que el capital monopolista adquiría ese carácter a partir de la ventaja proporcionada por los laboratorios de investigación industrial y su búsqueda de control sobre las patentes a partir de la primera guerra mundial. Para Noble, la actividad científica se hallaba crecientemente sometida a las exigencias de la valorización del capital; la ciencia era una esfera colonizada por el capital, con una autonomía muy limitada.

 También en ese tiempo, Michel Aglietta (1976) estudiaba la importancia de la reducción de tiempos muertos en los procesos productivos capitalistas. Es en Regulación y crisis del capitalismo, que se va a dar origen a la Escuela de la Regulación, en cuyo marco Benjamin Coriat y Michel Freyssenet analizarán  las características del “postfordismo”. Desde los años ochenta las transformaciones de las economías desarrolladas, como Japón, llevarían  a estudiar los procesos productivos del Toyotismo, que con sus aumentos de productividad habían llegado a poner en jaque a la industria automotriz estadounidense  de comienzos de los años ochenta. Si bien la valorización del capital dependía del trabajo, el uso de  esta fuerza  se había transformado  desde los inicios del taylorismo a comienzos del siglo XX, y se volvía necesario comprender  su evolución y consecuencias, tanto para promover el desarrollo capitalista como para impugnarlo.

     La transformación de los procesos productivos desde los años ochenta se vio acelerada además por cambios tecnológicos que habían surgido en la década previa, como la microelectrónica y la informática. Estas nuevas tecnologías permitieron un enorme aumento de la productividad del trabajo al tiempo que transformaron las condiciones de uso y venta de la fuerza de trabajo en el capitalismo (Míguez, 2008).A partir de allí, además de este conocimiento formal o codificado es la propia cooperación en el trabajo vivo, el conocimiento tácito y la propia subjetividad lo que se busca valorizar. En el campo productivo, con la irrupción de la comunicación y el lenguaje potenciado por las nuevas tecnologías de la información y la comunicación (TICs) el trabajo intelectual se ha vuelto dominante en un sentido muy diferente al del período industrial. La generación y apropiación de valor se mueven por nuevos carriles y han transformado al conocimiento mismo en un objeto de acumulación, lo que está generando nuevos vínculos entre universidad e industria.

     Imbricación de ciencia e industria, nuevos medios de producción y nuevos productos implican nuevas lógicas de valorización basadas en el trabajo intelectual-cognitivo, que no reproducen exactamente los esquemas del capitalismo industrial estudiado por Braverman. En la producción de bienes que caracterizan al nuevo capitalismo, influido por las TICs, el capital debe ser capaz de movilizar capacidades y conocimientos de una manera inédita. Esto representa un salto en la forma de concebir el lugar del trabajo intelectual, la ciencia y la tecnología en la generación de riqueza social[1].

     El obrerismo italiano, de la mano de Raniero Panzieri, Mario Tronti y Antonio Negri, fue uno de los primeros movimientos teóricos y políticos en señalar la necesidad de estudiar en detalle los procesos de trabajo y en postular una “anterioridad” del trabajo respecto del capital. Y ello a partir de una relectura de los Grundisse, donde Marx analizaba el lugar del trabajo en el sistema automático de máquinas. Si bien los intelectuales y economistas marxistas conocían perfectamente la relevancia de la obtención de plusvalía absoluta y relativa para la generación del beneficio capitalista, se mostraban más preocupados por mirar la lógica del capital, el despliegue de la competencia, el avance o retroceso del desarrollo, antes que el análisis de la transformación de los procesos de trabajo del capitalismo industrial.

     Hacia finales de los años sesenta la impugnación de la disciplina de fábrica que imponía el taylorismo-fordismo en Italia había puesto el foco en entender los métodos de gestión de la fuerza de trabajo y de obtención de trabajo excedente en el capitalismo, y sobre todo qué consecuencias tenía ello por afuera de la fábrica, en la sociedad. Antonio Negri y Mario Tronti comenzaron a teorizar sobre la manifestación de una nueva figura obrera en formación, el obrero social, víctima del desempleo y del trabajo precario y que planteaba una lucha que excedía el “economicismo” de las luchas de la clase obrera de fábrica. El trabajo productivo había salido de las paredes de la fábrica y se extendía socialmente por la sociedad-fábrica (Negri, 1979).

     Negri (2001) cuestionaba el hecho de que El Capital constituyera el punto más desarrollado de la obra de Marx e invitaba a estudiar con más detalle los Grundrisse, los manuscritos escritos entre 1857 y 1859 (especialmente el célebre “Fragmento sobre las máquinas”). Rescataba de Isaak Rubin el hecho de que éste pusiera en el centro de la teorización de Marx la teoría del Plusvalor, pero esto no era suficiente para analizar la totalidad del proceso de explotación y planteaba “ir más allá de Marx.” (p.28) Asimismo, este autor  revisó las principales categorías marxistas pero bajo la perspectiva de una subjetivización de las mismas. Subrayó que el capital se valoriza en la “sociedad-fábrica” puesto que subsume las condiciones sociales y los elementos del proceso de producción y circulación, “(…) es aquí donde se sitúa el fundamento de la transición de la manufactura a la gran industria, a la sociedad-fábrica.” (p. 133) La sociedad deviene el centro de producción con todo el conjunto de conocimientos, aparatos técnico-científicos, como dice Marx, saber social general, el Generall Intellect. La medida de la producción del valor ya no puede ser el trabajo individual, ya que este es la expresión del complejo de condiciones dictadas por el saber, las virtualidades científicas y organizativas que aparecen como fuerza productiva del capital social, de la potencia del general intellect.

    Para Negri todos estos cambios ponen hoy en evidencia la necesidad capitalista de capturar la potencia del llamado “trabajo inmaterial”. El trabajo inmaterial es el trabajo que crea bienes inmateriales, como el conocimiento, la información, relaciones sociales o una respuesta emocional, que terminó con la hegemonía del trabajo industrial. Más precisamente, aunque es minoritario, el trabajo inmaterial es hegemónico en el sentido de que condiciona a los demás tipos de trabajo, así como el trabajo industrial desde mediados del siglo XIX condicionó a la agricultura y a toda la actividad económica (Hardt y Negri, 2004: 136)

     En Trabajo inmaterial y subjetividad de 1991, Negri y Lazzarato señalaban que la organización del trabajo descentralizado y la tercerización denotan la presencia de una “fábrica difusa” y de un ciclo social de producción que no atraviesa sólo el proceso de producción sino el ciclo más amplio de “reproducción-consumo” (Negri & Lazzarato, 2001). ¿Cuál es límite de la obra de Marx, según Negri? En esencia, la limitación principal del trabajo de Marx es la siguiente: “El límite de la reflexión de Marx radica en el hecho de reducir la forma valor a una medida objetiva (…). Cuando decimos que la ley del valor se halla en crisis, queremos decir que hoy el valor no puede reducirse a una medida objetiva” (p.167). El trabajo sigue siendo la base de la constitución de la sociedad, como afirma Negri (2001) pero debe ser entendido por fuera de la ley del valor-trabajo:

(...) la inconmensurabilidad de las figuras del valor no niega el hecho de que el trabajo sea el principio de cualquier posible constitución de la sociedad. En realidad, no es posible imaginar (y no digamos describir) la producción, la riqueza y la civilización si éstas no pueden remitirse a una acumulación de trabajo. Que esta acumulación no tenga medida, ni (quizá) racionalidad, no empañan el hecho de que su contenido, su fundamentación, su funcionamiento, radica en el trabajo. (p.86-87)

     Ya en 2002, con la posmodernización de la producción, señalan Negri y Hardt (2004) en Imperio, el circuito de cooperación se consolida en la red y la producción puede desterritorializarse. Sin embargo ella es acompañada de una inédita centralización del control. Mientras los centros de producción se difunden el control se centraliza más que nunca. Sin embargo, explican los autores:

(...) el trabajo industrial no ha declinado en términos numéricos a escala mundial. El trabajo inmaterial es una parte minoritaria del trabajo global y además se concentra en algunas de las regiones dominantes del planeta. Lo que sostenemos es que el trabajo inmaterial ha pasado a ser hegemónico en términos cualitativos, y marca la tendencia a las demás formas del trabajo y a la sociedad misma. (p.136)

     En suma, para Negri el trabajo es la fuente del valor, como lo fue siempre, pero su mensurabilidad en tiempo homogéneo es imposible: la ley del valor ha estallado en el “pasaje del obrero masa al obrero social”, en la sociedad-fábrica y el trabajo no puede pretender ser mensurado porque el trabajo complejo nunca puede reducirse a ninguna fracción de trabajo simple.

     Adicionalmente, herederos de esta tradición, los teóricos del Capitalismo Cognitivo como Vercellone y Moulier Boutang (2006), sostienen que, en términos de la división internacional del trabajo, la reserva de mano de obra calificada en numerosos países en desarrollo hace factible combinar la deslocalización productiva basada en bajos salarios con la propia de la división cognitiva del trabajo y podría a largo plazo desestabilizar la posición hegemónica de los países de la OCDE mediante el outsourcing y la deslocalización de las empresas multinacionales (p.34).[2]

1.2. La naturaleza y las funciones del Estado

     En la obra de Marx se hacía referencia a la naturaleza y al lugar del Estado en el modo de producción capitalista. De hecho, Marx había sido inicialmente estudiante de derecho y había heredado de Hegel su interés por la filosofía política y la teoría del Estado. Su posterior preocupación por la crítica de la economía política no implicaba que su interés por las formas estatales de dominación hubiera menguado sino que encontraba en ella la clave para entender la unidad de las dimensiones económicas y políticas de las relaciones sociales capitalistas, a pesar de su aparente autonomía.

     Sin embargo, en la teorización del marxismo en el siglo XX los problemas más urgentes del imperialismo, las guerras mundiales, de la “transición al socialismo”, habían dejado menos espacio para retomar la cuestión de la naturaleza del Estado. La cuestión se vuelve a plantear seriamente a finales de los años sesenta, a raíz del aparente éxito del Estado de Bienestar en la administración de conflicto de clases en Europa occidental.

     La cuestión a elucidar era la manera en que debía entenderse el lugar del Estado y su relación con la acumulación ya que, por un lado, Marx había sido un fuerte crítico de la forma Estado y, por otro lado, los regímenes autodenominados socialistas eran sistemas fuertemente estatales, de economías centralmente planificados que asignaban al Estado un rol fundamental en la construcción del socialismo. Desde los años setenta se discutió sobre la existencia de una teoría del Estado en Marx y sobre si éste era un mero instrumento al servicio de la clase que lo tomara bajo su conducción o si era “estructuralmente” capitalista, a pesar de poder ser conducido por socialistas o comunistas.[3]

     Como surgía del análisis histórico y teórico, el Estado no resolvía el antagonismo de la relación capital trabajo sino que había evolucionado junto con él. Para comprender qué funciones cumple el estado era necesaria plantearse ante todo la pregunta sobre qué es el Estado. Las respuestas fueron tan diversas como las aproximaciones teóricas. A partir de los años setenta el debate sobre el Estado capitalista en la teoría marxista mostró un crecimiento exponencial. La discusión sobre la naturaleza del Estado se dio a partir de la comprensión de su lugar y de sus funciones específicas en la sociedad capitalista. Sin embargo, es necesario reconocer que las diferentes teorizaciones sobre el tema no permiten arribar a una posición común sobre sus atributos en la atracción territorial de parte de la plusvalía global así como la redefinición de su papel en el mercado mundial.

     Antes de la década de los años setenta, los teóricos del Capital Monopolista analizaban el Estado en el marco de la reestructuración del sistema capitalista de posguerra caracterizado por una marcada concentración y centralización del capital. Según Baran y Sweezy (1966) la producción tendería al “estancamiento” y requeriría la intervención del estado para mantener el dinamismo del sistema, colocándose al servicio de la fracción monopólica del capital mediante mecanismos como la nacionalización de industrias poco rentables, la inversión en investigación y desarrollo tecnológico, el control de salarios y mecanismos monetarios, etc.

     Pero a finales de los años sesenta, se plantea en el marxismo el debate en términos menos economicistas entre las visiones instrumentalistas y estructuralistas del Estado. En El Estado en la Sociedad Capitalista, Ralph Miliband (1988) sostenía que “Marx nunca intentó realizar un estudio sistemático del Estado” (p. 7) y que su idea de Estado es la que aparece en el Manifiesto Comunista, donde éste sobresale como instrumento de coerción de la clase dominante. Miliband encuentra que el personal del Estado se recluta entre las clases alta y media, y que además las políticas implementadas tienden a favorecer a dichas clases. Para Nicos Poulantzas (1969),en cambio, las clases no existen “independientemente” y “por fuera” del estado ya que el poder y la influencia de estas clases dependen en buena medida de la estructura de poder del estado. El Estado constituye “el factor de unidad política del bloque en el poder.” Es asimismo parte de la estructura del modo de producción capitalista y goza de una “autonomía relativa” para lograr la cohesión social de las “fracciones de clases constituidas en el bloque en el poder” (p.387). Por lo tanto, el Estado se asume como una categoría estructural, cuyo carácter capitalista no depende de las personas que dirigen su acción ni de quienes se benefician con las políticas estatales.

     Tanto Miliband como Poulantzas entendían que Marx había analizado en El Capital “el nivel económico” y fueron a buscar los rasgos centrales del “nivel político” entre los escritos propiamente políticos de Marx y en las partes “políticas” de El Capital. Intentando no incurrir en este error “politicista”, la Escuela alemana de la Derivación de Capital en los años setenta pretendía “derivar lógicamente” del modo de producción capitalista, la forma general del estado capitalista y sus funciones. El capital requería para reproducirse de un Estado que no estuviera sometido a las mismas limitaciones que los capitales individuales, que fuera la institucionalización de los intereses del capital en general.

     El alemán Joachim Hirsch señalaba que el Estado no busca resolver los conflictos de los capitales individuales ni puede representar - porque no lo conoce-, el interés del capital general. El estado era un mediador reactivo al proceso de acumulación de capital, lo que determina el contenido de sus actividades. (Hirsch, 1979). Las leyes de movimiento del capital son las que definen la naturaleza de la intervención del Estado, por medio de la realización de funciones sociales que no pueden desarrollar los capitalistas individuales, y que suponen la reorganización permanente del proceso de producción y de la extracción de plusvalía. Por lo tanto la naturaleza de la intervención del Estado cambiaba con el tiempo. Así como en su momento el Estado intervino para imponer la estructura de clase capitalista, desarrollar al proletariado, ayudar a la centralización del capital y la formación del mercado mundial imperialista, en el siglo XX se dedicó a la redistribución del ingreso y a colaborar en revolucionar tecnológicamente el proceso laboral acelerando el progreso científico y técnico (Hirsch, 1979: p.179-183).

     Para Elmar Altvater, al igual que Hirsch, las crisis son las contradicciones del modo de producción capitalista llevadas al extremo, siendo la tarea del Estado -más que crear las condiciones generales de producción- generar las condiciones que hagan superflua la crisis, pero que a su vez permitan a ésta cumplir su función de “purificación” (Altvater, 1977). En los años noventa Hirsch habla de un Estado “fordista” de seguridad que se caracterizaba por una “institucionalización” del conflicto de clases y por un extenso control estatal sobre los procesos económicos y sociales, actuando como un gran “organizador” de la sociedad (Hirsch, 1996a). La pérdida de control sobre los tipos de cambio y la política monetaria en los años setenta y ochenta le daban la pauta a Hirsch de que las garantías del Estado de seguridad fordista habían empezado a resquebrajarse. Frente al estado de seguridad aparece ahora un Estado de competencia posfordista que se caracterizaba precisamente por su “renuncia” a estrategias de integración material abarcadoras para toda la población (Hirsch, 1996b).

     En ese momento en Italia las concepciones de Mario Tronti y Toni Negri se construían en diálogo -y en clave crítica- con los debates teóricos y en relación a la propia situación política italiana. En algunos escritos de finales de la década de los sesenta Negri vinculaba al Estado con el control preventivo del ciclo económico y la “predeterminación del desarrollo”. En su trabajo sobre Keynes, Negri (1991) destacaba que:

La figura jurídica e indirecta del intervencionismo estatal no era suficiente. No es suficiente el hecho de que el Estado garantice el pacto económico fundamental que liga presente y futuro: es necesario algo más, que el Estado se haga estructura económica en sí mismo, y – en cuánto estructura económica- sujeto productivo. Es necesario que el Estado devenga el centro de imputación de la vida económica en su totalidad. (p.109)

     Este nuevo Estado era el Estado del capital social. Pero en Keynes el ciclo económico era resultado fundamentalmente de la oscilación del rendimiento marginal del capital. A esto precisamente Negri opone el análisis de Marx, que capta la relación entre el desarrollo y la lucha de clases, esto es, el impacto de la clase obrera sobre las instituciones del capitalismo. La presencia, el poder de la clase obrera plantea la necesidad de intervención del estado para garantizar la inversión y el proceso económico general. Afirma Negri (2003a):“El Estado pasa a ser el ápice de una dialéctica global entre aspectos organizativos y aspectos represivos de la presencia de la clase obrera dentro del capital.” (p.309)

     De la contraposición antagonista de estas funciones surge la figura del Estado como organizador global de la explotación. La teoría del Estado debía analizarse junto con el estudio de los procesos de trabajo, un estudio de la composición técnica y política del proletariado, esto es, la subjetividad obrera y los procesos de trabajo. El gasto público, debería ser considerado, por consiguiente, como “gasto salarial de la fábrica-Estado” (Negri, 2003b: 338). El gasto público era el costo de las operaciones globales del capital. En suma, Negri busca plantear el antagonismo obrero en la relación sociedad-Estado.

     En la discusión marxista en Gran Bretaña, John Holloway, Werner Bonefeld y Simon Clarke enfatizaban la importancia de entender al capital como una relación de la lucha de clases y al Estado como un momento de un modo de dominación (Bonefeld y Holloway, 1994). La tendencia predominante contraponía la “lógica del capital” a la “lucha de clases”, sin advertir que en la sociedad capitalista la primera no es más que una forma básica de la segunda. Para Holloway y Piccioto la acumulación debía justamente ser vista como un proceso dominado por la lucha de clases: la acumulación, el capital… eslucha de clases. La acumulación y el Estado estarían mediados por la lucha de clases, que actúa separando “lo económico” y “lo político” en el proceso de reestructuración del capital (Holloway, 1980).

     El Estado era, entonces, una forma de fracturar a la sociedad mundial. La derivación de lo político se había discutido desde los años setenta olvidando que el estado existe sólo en la forma de una multiplicidad de estados, así Holloway (1994) afirma: “Todos los Estados nacionales se definen, histórica y constantemente, a través de su relación con la totalidad de las relaciones sociales capitalistas” (p.73). Los Estados nacionales están definidos de manera territorial e inmóvil, lo que se contrapone con el carácter global y móvil del capital. Estos buscan atraer al capital y una vez atraído, inmovilizarlo dentro de su territorio brindándoles garantías para su reproducción en condiciones más favorables que otros Estados, ya sea otorgando ventajas impositivas o facilitando la explotación del trabajo. Es decir, compiten por atraer parte de la plusvalía global (Holloway, 1994:76). En Cambiar el mundo sin tomar el poder Holloway (2002) continuó su línea tradicional: el capital huye de la insubordinación del trabajo y es tarea del Estado garantizar las condiciones para que la valorización se produzca en su territorio. El capital es lucha incesante por subordinar al trabajo; es lucha de clases. Y es aquí donde revela una cierta incapacidad estatal en controlar la insubordinación del trabajo, de un Estado que incluso incentiva la conversión del capital productivo en capital-dinero, característico del capitalismo desde fines de los años setenta. El Estado es quien debe organizar la explotación y la coerción dentro de unos límites territoriales que no son operativos para el capital pero que inmovilizan al trabajo, impidiendo la libertad de movimiento de los trabajadores (Holloway 2002: 144). Los Estados, entonces, son los obstáculos al flujo global del capital. Todos los Estados, así como el capital, están implicados en la extracción mundial de plusvalía (Holloway, 2001:65-66).

     Este nuevo orden del capitalismo global, será denominado a comienzos del año 2000 por Toni Negri y Michael Hardt como el del “Imperio”, lo que supuso toda una redefinición del lugar de la Forma Estado. El Estado ahora se corresponde con un andamiaje jurídico internacional que sustituye la efectividad de las estructuras jurídicas nacionales.[4] Ahora bien, este Imperio no implica la desaparición de los Estados nacionales ni su reducción a un carácter irrelevante, sino todo lo contrario. El Estado ahora forma parte de un entramado institucional mucho más complejo y difícil de visualizar, porque no se reduce a los aparatos de Estado convencionales. El mando del imperio es un poder global con una estructura piramidal formada por tres niveles, en cuya cúspide se encuentra Estado Unidos -con una hegemonía global sobre el uso de la fuerza- que actúa en colaboración con las Naciones Unidas y demás instituciones internacionales. El Estado forma parte del segundo nivel, junto con los flujos de capitales y las redes de tecnologías, como afirman Hardt y Negri (2002): “captan y distribuyen los flujos de riqueza desde el poder global y hacia él y disciplinan a sus propias poblaciones en la medida en que aún pueden hacerlo” (p.274). El tercer nivel es el de los intereses populares en el ordenamiento del poder global, esto es, instituciones representativas, instituciones religiosas, medios de comunicación, organizaciones no gubernamentales. El Imperio es un complejo político y jurídico, al que se opone no yo la clase obrera sino la “multitud” de productores explotados y sometidos, un sujeto político en formación. El objetivo de las luchas sociales por venir deberán procurar justamente la liberación de la potencia del trabajo vivo de las prisiones construidas por la forma Estado, mejor aún, por el Imperio, y que hacen posible la explotación (Hardt & Negri, 2002:274).

     Por su parte, y a diferencia de Negri y Hardt, Leo Panitch y Samuel Gindin (2005) se proponen reformular la teoría del imperialismo para adecuarla a los desarrollos actuales de la economía global. Sostienen que Hardt y Negri captaron adecuadamente la nueva coyuntura pero critican severamente la idea de que Estados Unidos no sea el centro de un proyecto imperialista. Abogan por una nueva teoría del imperialismo que explique el ascenso del “imperio informal norteamericano”:

La competencia entre capitales en la arena internacional, el intercambio desigual y el desarrollo desparejo son todos aspectos propios del capitalismo y su relación con el capitalismo sólo puede ser entendida mediante una teorización del estado. Cuando los estados preparan el terreno para la expansión de sus capitales nacionales hacia el exterior, incluso si la dirigen, esto sólo puede ser entendido a partir del hecho de que son relativamente autónomos para mantener el orden social y asegurar las condiciones de acumulación del capital. Por lo tanto, cualquier explicación sobre el imperialismo debe incluir un análisis de las capacidades del Estado, como así también sus determinaciones de clase, culturales y militares. (Panitch & Gindin, 2005: 26).

    La “internacionalización del Estado” le permite a Estados Unidos ejercer su interés no sólo a favor de su clase capitalista sino en beneficio de la reproducción global del capital. Los Estados, lejos de desaparecer, sumaban responsabilidades y fortalecieron los aparatos coercitivos, especialmente las fuerzas armadas estadounidenses y las fuerzas de seguridad bajo el neoliberalismo.

     En suma, la cuestión de la naturaleza del Estado, lejos de estar cerrada, sigue estando abierta y sujeta a los avatares del capital. El Estado termina lidiando horizontalmente entre las distintas fracciones del capital y verticalmente entre el capital y el trabajo, pero no debemos perder de vista que esta última relación es la determinante de su estructura, de sus políticas y, en suma, de sus formas de intervención.

1.3. La hipertrofia del capital financiero

     En la década del ’70se producen la transformaciones en la esfera monetaria y financiera que dan lugar a la llamada “financiarización” de la economía, esto es, el crecimiento exponencial de los medios de pago y el auge de la emisión de deudas -privadas y públicas- que genera el crecimiento del capital financiero. Entre las principales características de este proceso se destacan el crecimiento del capital bancario y del mercado bursátil, el surgimiento de nuevos agentes económicos globales como los fondos de pensión y los inversores institucionales, la volatilidad de los tipos de cambio ante el aumento de la inestabilidad, la creación de nuevos instrumentos financieros y el gran aumento de la emisión de deuda estatal, entre otros cambios, que transformaron la dinámica del capitalismo mundial, tanto en el centro como en la periferia capitalista, desde mediados de los años setenta.

     Marx había estudiado profundamente las características de las crisis financieras en la década de 1850 y había desarrollado nociones como las de “capital ficticio” para referirse al auge de las sociedades por acciones y a la valorización de las mismas en los mercados bursátiles, que empezaban a desplegarse en el mundo anglosajón. Economistas como Hilferding habían estudiado el “capital financiero” como una resultante de la fusión del capital industrial con el capital bancario derivado de los proceso de concentración y centralización del capital de finales del siglo XIX. Los trust en Estados Unidos estimulaban el pasaje del centro financiero mundial de Londres a Wall Street, lo que se produce hasta el desplome general en la Gran Crisis del ’30, crisis global del capitalismo pero que había estallado justamente por el lado financiero.

     La salida de la depresión de entreguerras y la recuperación de posguerra desde los años ’50 habían consagrado el éxito de las políticas keynesianas de tasas de interés bajas para aumentar la inversión industrial en detrimento de las actividades especulativas. En los años ’70con la crisis del keynesianismo y del Estado de Bienestar comenzaron a levantarse las restricciones para las finanzas. Petrodólares y eurodólares mediante, se produce el crecimiento de los capitales dispuestos a valorizarse en el marco de la caída de la tasa de ganancia en los principales países capitalistas en el final de los años dorados del capitalismo de posguerra. El exceso de liquidez se contraponía con las decrecientes rentabilidades que mostraban las inversiones de la economía real y estimulaban la proliferación de escenarios de endeudamiento, especialmente en las economías periféricas deseosas de capitales para promover los postergados estándares de desarrollo de los países centrales.

     Numerosos economistas (Duménil y Levy, Chesnais) ubican en el giro monetarista de Paul Volker -al frente de la Reserva Federal en 1979- el momento en el cual se disparan las tasas de interés y se produce el fin de la “represión de las finanzas”, consagrándose el inicio de una nueva etapa en el capitalismo mundial. Para los economistas franceses la hegemonía del capital financiero va a desarrollar la valorización de sus capitales con una gran “autonomía” respecto de las circunstancias de la economía real. Ésta nunca volverá a alcanzar los niveles del capitalismo de posguerra debido al fracaso de las políticas keynesianas frente a la crisis de los años setenta, lo que posibilita el restablecimiento de la hegemonía de las finanzas. Como afirman Duménil y Lévy (2002):

El alza de las tasas de interés en 1979-el golpe de 1979- fue el elemento mayor en el establecimiento de las prerrogativas de las finanzas; fue un proceso consciente, deliberado, orquestado con esmero, y no el resultado de cualquier mecanismo de mercado. (p.11)

     Para los economistas franceses el capitalismo se encuentra desde 1979 en una fase similar a la del período 1880-1930. Se trataría en realidad de la forma natural del capitalismo, que sólo había sido desvirtuada por el impasse keynesiano y que ahora es retomada en esta “era neoliberal”.

     Chesnais cuestionaba tempranamente, a fines de los años noventa, el poder de las finanzas al advertir que el aumento de la emisión de deudas públicas alcanzaba una tercera parte de los activos financieros mundiales (la mitad emitida por Estados Unidos), lo que daba un poder enorme sobre los Estados a los tenedores de bonos públicos. La capacidad para imponer políticas acordes a los intereses de sus acreedores, explica Chesnais (2001): “les permite desencadenar las crisis prácticamente a voluntad, independientemente de la necesidad de algún justificativo, aunque sea en el plano de los ‘fundamentals.’” (p.299).[5]

     Por su parte, Claude Serfati colocaba el origen de la hipertrofia de la finanza en la creación de los euromercados en los años ’60 y en el crecimiento del endeudamiento norteamericano. El proceso tenía una segunda etapa con la extensión de las medidas adoptadas por el sistema bancario de Estados Unidos a los países desarrollados y en los años noventa encontró su tercera fase con los empréstitos de deuda soberana emitidos por “mercado emergentes” en los países en desarrollo (Serfati, 2006).

     Otros economistas marxistas se apartaban de la idea de cierta “autarquía de la finanza” y buscaban encontrar en los problemas de la economía real las causas verdaderas del crecimiento del capital financiero. Es el caso de Robert Brenner, que a finales de los ’90 esboza una teoría de la crisis del capitalismo por sobreacumulación de capital, esto es, una tendencia inevitable a la creación de un exceso de capacidad en un gran número de industria con relación a la tasa de ganancia existente. Su diagnóstico se basa en sus estudios sobre la evolución de la economía mundial, donde analiza la relación entre las tres grandes potencias económicas de finales del siglo XX. En el análisis de Brenner recién a partir de 1965 Japón y Alemania van a estar en condiciones de disputar el liderazgo económico mundial a Estados Unidos en cada vez más industrias clave y a penetrar en los mercados dominados por éste.

     La sobreacumulación de capital obliga a dejar de usar medios de producción y bajar los precios de los productos, reduciendo la rentabilidad. Dadas estas restricciones, las empresas buscan acelerar el ritmo de la “innovación”. Esta conducta, además de darse en una etapa de caída de las ganancias y no en su ascenso, agrava el problema de la sobreproducción. Los gobiernos no se limitaban a la mera regulación de los procesos sino que fueron activos protagonistas de los mismos, sobre todo a través de los manejos de los tipos de cambio entre las principales economías mediante sucesivos acuerdos (Acuerdos de Plaza en 1985 y los acuerdos de Plaza inversos diez años después) (Brenner, 2003). Para llegar a ello fueron fundamentales las políticas de gestión de la moneda, de los salarios y del tipo de cambio que cada país pudo llevar adelante, con la diferencia que en el caso de la economía líder ello condicionaba también la salud de todo el sistema monetario internacional (Brenner, 1998).

     La recuperación de la rentabilidad en los años noventa se debió sobre todo a la destrucción de empleos y reducción de salarios acompañados de fuertes aumentos de la productividad. La recuperación de la economía estadounidense a partir de1993 le permitían a Brenner subrayar sus dudas sobre la mejora en la rentabilidad. La creciente competencia de las exportaciones asiáticas, sobre todo con la devaluación China de 1994, hacían sospechar de la viabilidad a largo plazo de la recuperación estadounidense. Las sucesivas crisis financieras que se sucedieron (México en 1995, Asia en 1998, aunque también Rusia, Brasil en 1999 y Argentina en 2001) dieron muestras de la inestabilidad de la economía global. Peroparadójicamente, se reforzaba la posición estadounidense ya que Estados Unidos absorbía los recursos líquidos de todo el mundo, aspirando los capitales vía el mercado de valores de Wall Street y suspendiendo momentáneamente los problemas insostenibles de la balanza comercial a fines de los años noventa.

     Para reactivar al sector industrial estas dinámicas no hacían sino fomentar el crédito y acelerar el proceso de sobreacumulación, dando lugar a un enorme exceso de capital productivo y a una fuerte caída de la rentabilidad. La burbuja bursátil sólo pospuso una crisis que estalló diez años después en 2008. Sus argumentos centrales lo llevaron a detenerse en la expansión bursátil de la economía estadounidense a partir sobre todo de la inflación de activos inmobiliarios, lo que dio lugar a una burbuja inmobiliaria entre 2002 y 2005 que estalló en 2007 y cuyas consecuencias se hicieron sentir en Estados Unidos y en el mundo (Brenner, 2008).

     Para el historiador Giovanni Arrighi a esta crisis de rentabilidad debe añadirse la crisis de hegemonía política estadounidense a nivel mundial derivada de la guerra de Vietnam. Esta última afectó seriamente la balanza de pagos de Estados Unidos y precipitó la crisis del dólar de 1971, perturbando el sistema monetario internacional a partir del abandono de los regímenes cambiarios fijos propios del sistema de Bretton Woods por los tipos de cambio flexibles. A diferencia de Estados Unidos, en su momento Gran Bretaña había podido resolver la crisis de manera no inflacionaria haciendo uso de su condición política hegemónica a nivel mundial. Pero la Guerra de Vietnam impidió que Estados Unidos hiciera lo propio y por lo tanto inició una “fuga hacia adelante” con la expansión crediticia característica del largo declive. La creciente deuda estadounidense ha permitido no obstante vivir durante más de veinte años una belle epoque comparable a la británica de principios del siglo XX, de modo que cabía esperar que Estados Unidos- hipotetizaba Arrighi- corriera con la misma suerte que las potencia que se financiarizaron como paso previo a su declive y su reemplazo en un futuro próximo por otra potencia, presumiblemente China (Arrighi, 2007).

     Otro análisis de la finanza partiendo del esquema de Brenner es el que realiza el geógrafo David Harvey. Su argumento central consiste en señalar que la sobreacumulación da lugar al desarrollo de circuitos secundarios y terciarios de la acumulación, las que actúan aliviando el problema en el circuito primario para volver a formar parte de él en un futuro más o menos cercano. Es fundamental la idea de que tales excedentes pueden alejarse del circuito primario de la producción y el consumo y ser potencialmente absorbidos por el “circuito secundario” de capital fijo o bien hacia el “circuito terciario” (gastos sociales, salud, educación, gastos de investigación y desarrollo), esto es inversiones de larga duración que permitan obtener rentabilidad a futuro. Para Harvey, la sobreacumulación en los circuitos secundarios y terciaros es la que genera crisis generales en el capitalismo, de las cuales las crisis financieras e inmobiliarias constituyen los casos paradigmáticos. Las burbujas de la propiedad inmobiliaria estuvieron en el centro de las crisis financieras de Nueva York en 1973-75, de Japón en 1990 y de Tailandia en 1997.

     En el fondo el problema de la sobreacumulación se alivia sólo en el corto plazo, porque de no poder realizarse las mercancías se recurre al sistema de crédito, lo que vuelve más vulnerable a las economías en crisis. Con este esquema, Harvey hace una reinterpretación del imperialismo clásico de finales del siglo XIX: para no absorber los problemas de la sobreacumulación mediante reformas sociales internas y concesiones al movimiento obrero se emprenden políticas imperialistas en busca de soluciones espacio-temporales a la crisis (Harvey, 2003: 105). Estos mecanismos son necesarios para mantener la reproducción ampliada de capital y contrarrestar la tendencia a la sobreacumulación, pero si esto falla es necesario garantizar la acumulación por otros medios. De eso se trata la “acumulación por desposesión”: en la actualidad los mecanismos de la acumulación por desposesión consisten en la privatización del atierra y la expulsión forzad de los campesinos, la mercantilización de la naturaleza (tierra, agua, aire), la supresión de formas alternativas de producción (indígenas, por ejemplo), la privatización del agua, de la educación, etc.; lo que constituye “una reedición a escala gigantesca del cercado de tierras comunales en la Europa de los siglos XV y XVI” (Harvey, 2003:118).

     En  todo este proceso de auge de las finanzas, el papel de los bancos centrales y la debilidad de los mecanismos de regulación del sistema financiero internacional significaron la convalidación del poder financiero sobre los Estados. Para Costas Lapavitsas (2009):

(...) el Estado es central para el funcionamiento del sistema financiero contemporáneo, a pesar del triunfo ideológico de la desregulación. El Estado es el poder que respalda al Banco central. Mantiene los pasivos del Banco central con sus propios títulos y los declara de curso legal, reforzando así su aceptación como dinero. Sin el apoyo del Estado, los bancos centrales habrían sido incapaces de intervenir eficazmente en la crisis de la financiarización. Y, para decirlo con mayor generalidad, el Estado es el garante en última instancia de la solvencia de los grandes bancos y de la estabilidad del sistema financiero en su conjunto, como ha vuelto a poner de manifiesto la crisis financiera de 2007-2008. ( p.79)

     A pesar de ello, su principal explicación de crecimiento de las finanzas alude al auge del crédito al consumo privado en los países desarrollados como el factor que llevo al endeudamiento del sector privado en paralelo a la reducción del poder de compra de los salarios:

Condición necesaria para este cambio ha sido desde luego la creciente implicación de los particulares en las operaciones del sistema financiero, tanto en términos de activos como de deudas. Aquí también hay diferencias entre los principales países, que reflejan su historia y sus instituciones así como los hábitos referentes a vivienda, pensiones, seguros, consumo y demás. Sin embargo, los particulares, trabajadores o no, se han implicado cada vez más en el funcionamiento del sistema financiero: se han ‘financiarizado’. (Lapavitsas, 2009: 38)

     Según Lapavitsas, la financiarización de la renta personal de las últimas dos décadas es el fenómeno que subyace a la crisis del capitalismo actual, entendida como “la penetración del sector financiero privado en las transacciones de la vida cotidiana, cono la vivienda, las pensiones, los seguro y el consumo” (Lapavitsas, 2009:7). Los bancos dirigieron su atención hacia las personas más que hacia las empresas, con nuevas operaciones y la posibilidad de obtener importantes comisiones. La aparición de intermediarios financieros no bancarios como los inversores institucionales (fondos de pensión, fondos de inversión, etc.) facilitaron a su vez la expansión de los mercados financieros. Pero dicha expansión no le quita responsabilidad al Estado en la generación de dichas rentas, en la direccionalidad de la apropiación de las mismas y en la crisis resultante.

     Originada en los años setenta, la hipertrofia del capital financiero ha marcado la evolución del capitalismo hasta nuestros días. Este tópico de la economía política fue explorado por Marx con sus referencias a las crisis financieras y al desarrollo del capital ficticio, pero luego de su discusión a finales del siglo XIX se había mantenido en un segundo plano hasta su actual rescate. Hoy constituyen las principales preocupaciones de los críticos de la economía política y su abordaje por el marxismo lo pone muy por delante de las versiones ortodoxas y heterodoxas de la economía convencional, que abogan –ingenua o cínicamente- por la “desregulación” o la “nueva” regulación de un sistema intrínsecamente inestable.

2. Breves consideraciones finales sobre el marxismo en el comienzo del siglo XXI

     La obra de Marx tuvo y tiene una enorme influencia en numerosas disciplinas al haber sido estudiada desde la economía política, la historia económica, la sociología, la teoría política y la filosofía. Y como además el marxismo supone un proyecto emancipatorio de transformación de la sociedad los textos de Marx -incluso los de mayor nivel de abstracción como El Capital - pueden leerse a su vez como documentos políticos. A ello agreguemos que la recepción de la obra en diferentes contextos, tanto temporales como espaciales, introduce una enorme complejidad al rastreo de las diferentes escuelas, teorías y enfoques que se inspiraron o referenciaron en ella.

     Este recorrido por los tópicos contemporáneos del marxismo suponen un recorte particular de la obra de Marx, que se centra en los desarrollo de la crítica de la economía política y deja de lado los lecturas provenientes de la filosofía o de las prácticas políticas que se declaran inspiradas en Marx. Sería sumamente pretencioso realizar un análisis pormenorizado de ellas en estas páginas.

     Tampoco consideramos en este trabajo el haber aportado una revisión “exhaustiva” de los tópicos de la economía política problematizados por el marxismo desde de los años setenta.Pero encontramos allí un punto de inflexión y de proliferación de novedosas lecturas de los problemas planteados por Marx y del sentido de su obra. Paradójicamente estos desarrollos sobre la obra de Marx se producen pocos años antes del desmoronamiento de la mayor parte de los países organizados en torno a los principios socialistas. Con el final abrupto de las experiencias del “campo socialista”, y aunque las prácticas en estas experiencias no siempre parecían responder al espíritu de Marx, en los años noventa la obra de Marx parecía condenada al olvido. Luego de años de neoliberalismo lo que queda en evidencia es el capitalismo realmente existente, que es incapaz de cumplir sus promesas de integración social a pesar de haber anunciado pomposamente su triunfo.

     Sin embargo, no puede desconocerse que desde los años ochenta en adelante el cambio tecnológico, la valorización del conocimiento, la financiarización de la economía constituyen realidades que conviven con la pobreza, el desempleo, la precariedad de la fuerza de trabajo y la generalización de los problemas del capitalismo incluso a los países que habían podido eludirlos. Los nuevos tópicos permiten echar luz sobre estos cambios, trataron de mostrar la unidad que existe entre Capital, Trabajo y Estado, lo que no implica que podamos descartar las viejas preocupaciones. Nuestra propuesta va en la dirección de sistematizar apenas algunas de estas discusiones y proponer la vigencia de la crítica marxista del capitalismo de hoy y de siempre.

 

Referencias

Aglietta, M. (1976), Regulación y crisis del capitalismo, Siglo XXI, Madrid.

Arrighi, G. (2003), “La economía social y política de la turbulencia global”, New Left Review N° 20.

Altvater, E. (1977) [1973], “Notas sobre algunos problemas del intervencionismo de Estado”, en Heinz Sonntag y Héctor Valecillos (comps.), El Estado en el capitalismo contemporáneo, México, Siglo XXI.

Baran, P. y Sweezy, P. (1966), El Capital Monopolista, México, Siglo XXI.

Braverman, H. (1984) [1974], Trabajo y Capital Monopolista, Nuestro Tiempo, México.

Bonefeld, W. y Holloway J. (1994), “Posfordismo y forma social”, en Werner Bonefeld y John Holloway, ¿Un nuevo Estado? Debate sobre la reestructuración del estado y el capital, México, Cambio XXI-Fontamara.

Brenner, R. (1998), “The economics of global turbulence”, New Left Review Nº 229, may-june.

Brenner, R. (2003), “Después el Boom. Un diagnóstico sobre la economía mundial”, Cuadernos del Sur Nº 35.

Brenner, R. (2008), “Devastating Crisis Unfolds”, Against the Current Nº 132, january-february 2008, Vol. 22, Issue 6.

Chesnais, F. (2001), “Mundialización financiera y vulnerabilidad sistémica”, en Francois Chesnais (coord.), La mundialización financiera. Génesis, costos y desafíos, Losada, Buenos Aires.

Duménil, G. y Dominique L. (2002), “Salida de crisis, amenaza de crisis y nuevo capitalismo”, disponible en http://www.cepremap.ens.fr/levy/, consultada el 2/6/2013.

Friedmann, G. y Naville, P. (1963), Tratado de Sociología del Trabajo, FCE, México.

Hardt, M. y Negri, A. (2002), Imperio, Paidós, Buenos Aires.

Hardt, M. y Negri, A. (2004), Multitud, Debate, Buenos Aires.

Harvey, D. (2003), El nuevo imperialismo, Akal, Madrid.

Hirsch, J. (1979) [1973], “Elementos para una teoría materialista del Estado”, en Críticas de la Economía Política N° 12/13, El Caballito.

Hirsch, J. (1996a) [1983], “El Estado fordista de seguridad y los nuevos movimientos sociales”, en Joachim Hirsch, Globalización, capital y estado, Universidad Autónoma Metropolitana, México.

Hirsch, J. (1996b), “Del ‘Estado de Seguridad’ al ‘Estado Nacional de competencia’”, en Joachim Hirsch, Globalización, capital y estado, Universidad Autónoma Metropolitana, México.

Holloway, J. (1980), “Debates marxistas sobre el estado en Alemania Occidental y la Gran Bretaña”, en Críticas de la Economía Política N°16/17, El Caballito.

Holloway, J. (1994), “La reforma del Estado: capital global y estado nacional”, Doxa N° 9/10.

Holloway, J. (2002), Cambiar el mundo sin tomar el poder, Herramienta, Buenos Aires.

Lapavitsas, C. (2009), El capitalismo financiarizado. Expansión y crisis, Maia Ediciones, Madrid.

Lazzarato, M. y Negri, A. (2001) [1991], “Trabajo Inmaterial y subjetividad”, en Trabajo Inmaterial. Formas de vida y producción de subjetividad. DP&A Editora, Rio de Janeiro, 2001.

Lebert, D. y Vercellone, C. (2006), “Il ruolo della conoscenza nella dinamica di lungo periodo del capitalismo”, en Carlo Vercellone (dir.), Capitalismo cognitivo. Conoscenza e finanza nell'epoca postfordista, Manifestolibri, Roma.

Míguez, P. (2008), “Las transformaciones recientes de los procesos de trabajo: desde la automatización hasta la revolución informática”, Trabajo y Sociedad Nº 11, vol. X, Primavera.

Míguez, P. (2010), “El debate contemporáneo sobre el Estado en la teoría marxista: su relación con el desarrollo y la crisis del capitalismo”,Estudios sociológicos Nº 84,volumen XVIII, septiembre-diciembre.

Míguez, P. (2014), “Del General Intellect a las tesis del ‘Capitalismo Cognitivo’: aportes para el estudio del capitalismo del siglo XXI”,Bajo el Volcán N° 20, (en prensa).

Miliband, R. (1988) [1969], El Estado en la sociedad capitalista, Siglo XXI, México.

Negri, A. (1979), Del obrero masa al obrero social, Anagrama, Barcelona.

Negri, A. (1991) [1968],“John Maynard Keynes y la teoría capitalista del Estado en el ´29”, El cielo por Asalto Nº 2, Ediciones Imago Mundi Buenos Aires.

Negri, A. (1999) [1992], “La teoría del valor trabajo: crisis y problemas de reconstrucción en la postmodernidad”, en Antonio Negri,General Intellect, poder constituyente, comunismo, Akal, Madrid.

Negri, A. (2001) [1979], Marx más allá de Marx: cuaderno de trabajo sobre los Grundrisse, Akal, Madrid.

Negri, A. (2003a) [1974], “Sobre algunas tendencias de la Teoría comunista del Estado más reciente: una reseña crítica”, en Antonio Negri,La Forma Estado, Akal, Madrid.

Negri, A. (2003b) [1974], “Estado, Gasto Público y ruina del ‘compromiso histórico’”, en Antonio Negri, La Forma Estado, Akal, Madrid.

Noble, D. (1979),America by design, Alfred Knopf, New York.

Poulantzas, N. (1969),Poder Político y clases sociales en el Estado capitalista., Siglo XXI, México.

Panitch, L. y Gindin, S. (2005), “Capitalismo global e imperio norteamericano”, Socialist Register 2004, CLACSO, Buenos Aires.

Serfati, C. (2006), “A Economía Política da Financa Global”,Revista da Sociedade Brasileira de Economia Política, Junho.

Sztulwark, S. y Míguez, P. (2012), “Conocimiento y valorización en el nuevo capitalismo”, Realidad Económica Nº270.

Vercellone, C. (2011), Capitalismo cognitivo. Renta, saber y valor en la época posfordista,A description...Prometeo, Buenos Aires.           

Vercellone, C. (2013), “Crisis de la deuda e instituciones del Welfare State: alternativas en juego”, en Realidad Económica 277.



[1]                      Para un análisis más detallado véase al respecto Sztulwarky Míguez (2012), y Vercellone (2011).

[2]                      Para una aproximación a las tesis del enfoque del Capitalismo Cognitivo, véase Míguez (2014) yVercellone (2011).

[3]                      Los temas de este apartado sobre la naturaleza y funciones del Estado fueron tratados más profundamente en Míguez (2010).

[4]                      A pesar del carácter global del capital a Negri no le parece adecuado seguir hablando de “Imperialismo” dado que no existe el capitalismo frente a un exterior “no capitalista”, esto es, espacios no capitalistas donde establecer el dominio del capital. El capital hoy abarca todo los espacios pasibles de valorización.

[5]                      Como señalaVercellone (2013) en la zona euro la deuda pública en porcentaje del PBI pasó del 66,3% en 2007 a 86,6% en 2010, hasta 92% en 2012, a pesar de las políticas de austeridad instauradas desde 2010. En Japón pasó del 183% al 236,6% entre 2007 y 2012.