Las contribuciones de Rosa Luxemburgo al debate del imperialismo

 

Gabriela Fernandes Feliciano Murua[1]

Thiago Fernandes Franco[2]

 

The contributions of Rosa Luxemburg to the imperialism debate

 

As contribuições de Rosa Luxemburgo ao debate do imperialismo

 

Recibido: 15 de junio de 2016

Aceptado: 10 de octubre de 2016

 

 

Resumen

La controversia sobre la interpretación del imperialismo como política o fase histórica del capitalismo es un punto nodal en los debates "clásicos" y "contemporáneos" sobre el imperialismo. En este punto, a lo largo de los más de cien años que recorre esa historiografía, hay una línea predominante que acercar a la comprensión del imperialismo de Rosa Luxemburgo como política preferencial del capital y no como una fase específica del capitalismo. Este artículo se propone, por lo tanto, presentar cómo aparece la noción de imperialismo en la obra de Rosa Luxemburgo, con el objetivo de demostrar cómo esta cuestión no está puesta de manera concluyente en sus textos, en los que podemos identificar el concepto de imperialismo como una política necesaria para la etapa histórica del capitalismo en principios del siglo XX. Se espera que contribuya con algunas preguntas que parecen ocultas en la historiografía mencionada.

Palabras clave: Rosa Luxemburgo, imperialismo, capitalismo.

 

Abstract

The controversy about the interpretation of imperialism as politics or as an historical phase of capitalism is a key element in the “classic” and “contemporary” debates regarding imperialism. Throughout a hundred years of historiography, the line of thought that considers Rosa Luxemburg more coherent with the preferential politics of capital, instead of a specific phase of capitalism, has prevailed. This article aims to present how the idea of imperialism is discussed in the work of Rosa Luxemburg, with a view to demonstrate that the author’s analysis is not much conclusive. In her work, it is also possible to identify considerations about imperialism as politics needed by the historical phase of capitalism, in the beginning of the twentieth century. In this sense, we hope to contribute with a historiography that still has some points to be clarified. 

Keywords: Rosa Luxemburgo; imperialism; capitalism.

 

Resumo

A polêmica sobre a interpretação do imperialismo enquanto política ou fase histórica do capitalismo é um ponto nodal nos debates “clássico” e “contemporâneo” sobre o imperialismo. Quanto a este ponto, ao longo dos mais de cem anos dessa historiografia, constituiu-se uma linha predominante que aproxima Rosa Luxemburgo da compreensão de imperialismo enquanto política preferencial do capital e não como uma fase específica do capitalismo. O presente artigo propõe-se, então, a apresentar o modo como a noção de imperialismo aparece ao longo das obras de Rosa Luxemburgo, visando demonstrar como essa questão não se revolve de forma tão conclusiva em seus textos, sendo possível identificar argumentos de que o imperialismo é uma política e de que o imperialismo é uma fase do capitalismo. A expectativa é contribuirmos com algumas questões que nos parecem obscurecidas por essa historiografia mencionada.

Palavras-chave: Rosa Luxemburgo; imperialismo; capitalismo.

 

 

Introducción

La historiografía crítica sobre La acumulación del capital de Rosa Luxemburgo (1913) suele girar en torno de un eje explicativo en torno al cual se trata de una gran obra, creativa, incendiaria y original que, no obstante, se caracteriza por diversos errores de la autora.

A título ilustrativo, podemos echar mano de la presentación que Paul Singer (1985) escribió para la traducción de la colección “Los Economistas”. En este texto, Singer afirma que “La acumulación del capital no es solamente la principal obra teórica de Rosa Luxemburgo, sino también una de las más significativas del campo de la Economía Política marxista” (Singer, 1985: XXXVI).  Aún más, para Singer, la Sección III, ‘Las condiciones históricas de la acumulación’, representa el aporte más importante de Luxemburgo a la Economía Política, dado que

muestra que el capital no se limita a entrar en relaciones comerciales con su entorno no capitalista. A la luz de un rico material histórico, ella demuestra que el capital va socavando las bases de la economía natural, donde ésta aún sobrevive, de modo de quebrar su autosuficiencia, haciendo surgir en su lugar una economía de mercado; en las regiones en que predomina la producción simple de mercancías, el gran capital se apodera de parte del suelo para abrir espacio a su creciente acumulación, hasta arruinar a los pequeños productores. En suma, además de condicionar y explotar el entorno no capitalista, el capital en verdad lo destruye, para tomar su lugar, tendiendo así a expandir incesantemente el modo de producción capitalista, hasta moldear todo el mundo a su imagen. (ibídem: XLI)

En síntesis, siguiendo la lectura de Singer, “ésta es la base económica del imperialismo, que no es una fase específica de la historia del capitalismo, sino que lo acompaña, como fuerza expansiva, desde el origen” (ibídem: XLI).

A primera vista, la lectura propuesta por Alex Callinicos, en lo referido a la relación entre imperialismo y capitalismo, difiere de la de Singer. Sin embargo, entendemos que existen paralelos entre ambas lecturas. Si para Singer la interpretación de Luxemburgo reposa en el hecho de que el imperialismo no es una fase del capitalismo, Callinicos destaca que ella fue “la primera gran figura del marxismo en considerar al imperialismo como una consecuencia necesaria del desarrollo capitalista”, llegando inclusive a anticipar “(…) la proposición posteriormente desarrollada por Lenin y Bukharin, según la cual el imperialismo es ineluctable una vez que el capitalismo alcanza su madurez.” (Callinicos, 2009: 36)

Con el característico espanto con el cual se acostumbra a concebir la hipótesis de que Luxemburgo acertaba a pesar de emplear un método completamente equivocado, Callinicos (ibídem: 36) observa que incluso, a pesar del reconocimiento general de los equívocos cometidos en La acumulación del capital, la teoría allí propuesta tiene gran influencia hoy, por ejemplo, en los trabajos de Ellen Wood y de David Harvey. Callinicos –mucho menos afín a nuestra autora que Harvey o Singer– le concede “un tipo de argumentación particularmente radical y algunas veces hasta sofisticado”, y un análisis sobre el imperialismo “realmente poderoso”. Incluso más, Callinicos (ibídem: 36) reconoce que Luxemburgo “integró la conquista colonial, los préstamos, las tarifas y el militarismo en una totalidad analítica” y que, en 1913, es decir, con casi un siglo de anticipación, pintó “un poderoso y original retrato del imperialismo de fin-de-siècle” (ibídem: 38).

Desde nuestro punto de vista, consideramos que la polémica sobre la interpretación del imperialismo en cuanto política o fase es un punto crucial de la historiografía marxista con respecto al tema y uno de los principales ejes de polémica dentro de esa perspectiva. En este artículo, presentamos los motivos por los cuales estamos parcialmente en desacuerdo con la afirmación de que para Luxemburgo el imperialismo sería solo una política privilegiada por el capital y no una fase específica de la historia del capitalismo. En aras de rigor, procuramos demostrar que en La acumulación del capital esta cuestión no está resuelta de manera conclusiva, sino más bien presentada de forma ambigua. Al contrario de las interpretaciones que proponen que esta falta de conclusión es resultado de la incapacidad de la autora de lidiar con el problema, enfatizamos que a lo largo de su obra esta cuestión va creciendo en importancia, como ocurre con los demás autores de la polémica. Así, buscamos defender que el estudio cuidadoso de sus trabajos nos ayuda a la comprensión de cómo fue constituida la cuestión del imperialismo en el “debate clásico” en general y en la percepción de ciertos problemas contemporáneos.

 

1. El carácter capitalista de la Gran Guerra

Una de las figuras de mayor relevancia mundial entre los cuadros marxistas de su tiempo, Rosa Luxemburgo –que rara vez es destacada por la historiografía crítica del tema– ya venía discutiendo sobre el imperialismo en diversos textos. Por ejemplo, en un importante artículo sobre la crisis de Marruecos, publicado en 1911, con la famosa elegancia de su escritura, decía:

Una tempestad imperialista avanzó por el mundo capitalista. Cuatro potencias de Europa –Francia, Alemania, Inglaterra y España– están directamente envueltas en una negociación que versa, primero, sobre el destino de Marruecos, y, en seguida, de los grandes dominios de la “parte negra de la Tierra”, que vez y media ha sido considerada como una “compensación”. (…) ¿Será que la tempestad va a producir un rayo de guerra homicida entre los dos continentes? ¿O será que tal temporal inminente se va a calmar, revelándose “apenas” como una pacífica compulsa que transfiere algunos retazos del mundo de un puño blindado del militarismo europeo a otro? (…) ¿Guerra o paz? ¿Marruecos por el Congo o Togo por Taití? Son preguntas que ponen en juego la vida y muerte de miles, tanto como el bienestar o el sufrimiento de pueblos enteros. Por estas respuestas, una docena de caballeros industriales codiciosos regatea y mide sus comentarios políticos, así como en el mercado se regatea por la carne de cabra o por las cebollas, mientras los pueblos civilizados [Kulturvölker] aguardan en un malestar espantoso, como rebaños, por una decisión. (…) Para el proletariado con conciencia de clase, se trata, sobre todo, de comprender la negociación marroquí en su significado sintomático, honrarla en sus conexiones integrales y en sus consecuencias. (Loureiro, 2011a: 411-412; cursivas añadidas)

De inmediato, llama la atención una cuestión absolutamente central: la claridad –ya en 1911– de que la guerra imperialista era inevitable. Que pudiese ser pospuesta, es decir, saber cuándo ocurriría exactamente el punto de ruptura de las negociaciones y llegaría la “hora del pago en efectivo” era, desde este punto de vista, secundario. Ciertamente, era menos importante que la preparación para el hecho de que, dada la inevitabilidad del conflicto que se aproximaba, era preciso establecer una estrategia para los partidos obreros que tuviesen esa guerra como horizonte. Para la comprensión de la historiografía sobre el imperialismo de esa época, es vital que tomemos en cuenta que esta percepción de Luxemburgo, compartida por las alas más radicales de la Internacional Socialista, dejó marcas de sus trabajos en otros.

En efecto, es preciso tener presente que, en aquella época, todos los esfuerzos de la dirigencia radical –los textos teóricos, cursos de formación, discursos públicos, artículos periodísticos, panfletos, etcétera– estaban animados por este espíritu. El desarrollo teórico del concepto de imperialismo no puede ser comprendido si no es en este contexto. Desde el punto de vista de los partidos obreros, esa percepción de la inevitabilidad de la guerra no era suficiente. Igualmente fundamental era la tarea de develar el carácter capitalista de la carrera imperialista, que, al margen de cualquier acuerdo provisorio, no tardaría en estallar. Esta era la posición defendida por Luxemburgo (y por Lenin, entre otros) que fue refrendada en el “Manifiesto de Basilea de 1912”. En este sentido, también en el artículo “Marruecos”, Luxemburgo argumentaba que

la crisis marroquí es, sobre todo, una sátira implacable de la farsa del desarme encarnada hace pocos meses por los Estados capitalistas y su burguesía. En Inglaterra y en Francia, incluso en enero, los hombres de Estado y los parlamentos hablaban, a través de clichés, acerca de la necesidad de limitar las expensas en herramientas homicidas, en sustituir la guerra bárbara por formas civilizadas de procedimientos de arbitraje. En Alemania, un coro de librepensadores se reunió de manera entusiasta al tono de esas canciones de paz. Hoy, esos mismos hombres de Estado y parlamentos apoyan una aventura político-colonial que lleva a los pueblos muy cerca del borde del abismo de una guerra mundial, y el coro de los librepensadores en Alemania se entusiasma igualmente con esta aventura bélica como antes (se entusiasmaba) con las declaraciones de paz. Este cambio repentino de escena muestra, una vez más, que las propuestas de desarme y los anuncios de paz del mundo capitalista no son más telones de fondo que de tiempo en tiempo pueden incluso caber en los asuntos de la comedia política, pero que son cínicamente dejados de lado cuando el negocio se pone serio. Esperar cualquier tendencia pacífica en esta sociedad capitalista y apoyarse seriamente en ellas sería, para el proletariado, el autoengaño más ingenuo en el que podría caer. (ibídem: 412-413; cursivas añadidas)

Como se puede percibir, para las posiciones radicales de la Internacional era estratégico refutar la tesis según la cual las direcciones envueltas en las contiendas podrían efectivamente “escoger” entre reformas internas y la guerra. Este punto es absolutamente central para la historiografía marxista. De hecho, es importante recordar que es esta cuestión sobre la que Lenin presenta su polémica con Kautsky en Imperialismo, acusándolo de traicionar la posición compartida en el “Manifiesto de Basilea” y de adherir al social-reformismo, para el cual el imperialismo –y la guerra– serían apenas una más de las posibilidades del desarrollo capitalista.

Rosa Luxemburgo fue una de las principales defensoras de esas posiciones radicales, tanto en congresos como en periódicos obreros en los que escribía. Pero la teorización del imperialismo se mostraba como una tarea menor. Para Luxemburgo –como para Lenin y Kautsky–, no se trataba de una cuestión meramente teórica, sino de una decisión estratégica sobre los rumbos del proletariado frente al imperialismo. De este modo, la cuestión central era pensar la guerra como diapasón revolucionario, es decir, ¿la guerra favorecía o perjudicaba la toma del poder por parte del proletariado[3]?

Debemos resaltar que “Marruecos” [1911] no fue el único texto en que Rosa Luxemburgo defendió el argumento de que la dinámica imperialista en curso se vinculaba inexorablemente al propio desarrollo capitalista. En las vísperas de la declaración de la guerra, en un texto publicado el 18 de julio de 1914, Luxemburgo argumenta una vez más que, a esa altura, la explosión del conflicto no dependía más de las “voluntades” de los “comandantes en jefe”. En sus propias palabras,

los acontecimientos proporcionarán resultados brillantes a la política internacional de la socialdemocracia. Hoy hasta un ciego ve que las incesantes carreras armamentísticas y las apuestas imperialistas se elevan, con necesidad inexorable, con un resultado sobre el cual el partido del proletariado con conciencia de clase había alertado insistente y incansablemente: el borde del abismo de una terrible guerra europea. Hoy hasta las capas del pueblo que se habían dejado capturar por la propaganda chauvinista del militarismo reconocen, consternadas, que el proceso armamentístico incesante no es una garantía de paz, más la simiente de la guerra, con todo su horror. (ibídem: 497-199).

Hoy sabemos que fue exactamente lo que ocurrió luego en la secuencia.

Comentando los primeros capítulos de esa trágica historia, en septiembre de 1914, Luxemburgo publica “Escombros”, donde pinta el siguiente cuadro:

en todas partes, la procesión devastadora de esta guerra mundial no deja nada detrás, en vastas extensiones de tierra y mar, sino escombros. (…) Las guerras se extienden como un hilo colorado por todos los milenios de la historia antigua de la sociedad de clases. Mientras haya propiedad privada, explotación, riqueza y pobreza, las guerras son inevitables y cada una trae a su vuelta muerte y pestilencia, exterminio y miseria. Aun así, la actual guerra mundial supera todas las que antes existieron, en dimensión, furia y profundidad de sus consecuencias. Nunca tantos países y continentes fueron cubiertos de una sola vez por las llamas de la guerra, nunca tan poderosos medios técnicos fueron puestos al servicio del exterminio, nunca tantos ricos tesoros de la civilización fueron víctimas de la tempestad infernal. (ibídem: 1-2)

 

2. El imperialismo en La acumulación del capital y la Anticrítica: ¿política o fase?

Está claro que, en 1913, cuando se publica su libro, Rosa Luxemburgo estaba interesada en la compresión de los fenómenos relativos al imperialismo, como se nota en el subtítulo de la obra. Más aún, Luxemburgo corrobora esa preocupación cuando justifica sus esfuerzos en el corto y significativo prefacio de su libro, al señalar la “importancia para la lucha práctica en la cual nos empeñamos contra el imperialismo” (Luxemburgo, 1985: 3).

Lo que a primera vista parece curioso –para quienes estudiamos las teorías del imperialismo desde el siglo XXI– es que, aunque el objetivo del libro era ofrecer una “contribución económica al estudio del imperialismo”, “imperialismo” es una palabra que la autora utiliza muy pocas veces a lo largo del texto. Para ser precisos, además del subtítulo y el prefacio, apenas cuatro veces. La cuestión numérica, evidentemente, no comprueba ningún argumento; es necesario ver cómo aparece el problema.

Después de enunciarse como el probable protagonista del libro, la palabra vuelve a aparecer solamente en el capítulo XXIII, en la sección II, que versa sobre la Desproporcionalidad de Tugan-Baranovsky. No dedicamos mayor atención a esta aparición, pues se trata de una nota al pie en la cual Luxemburgo presenta la crítica de Boudin a Tugan-Baranovsky. Siguiendo a la autora, el gran mérito del análisis de Boudin es que él “llega lógicamente a la cuestión del imperialismo” (ibídem: 216).

Después de esa cuarta aparición, la palabra imperialismo vuelve a aparecer solamente en el capítulo XXXI, Tarifas proteccionistas y acumulación, de la sección III. En este capítulo, están las otras tres oportunidades en las que Luxemburgo emplea la palabra imperialismo en su libro. La primera de ellas es la más citada y la que da fundamento a muchas interpretaciones de la lectura luxemburguista del imperialismo. En sus palabras, “el imperialismo es una expresión política del proceso de acumulación del capital, en su competencia por el dominio de áreas del globo aún no conquistadas por el capital” (1985: 305). Es particularmente desde aquí que se ha montado una narrativa historiográfica según la cual Luxemburgo no percibe que el imperialismo es una fase histórica del capitalismo[4]. En la secuencia, cuando analiza las contradicciones en que se basa su interpretación de la lucha anti-imperialista, Luxemburgo afirma que

dado el gran desarrollo y la competencia cada vez más violenta entre países capitalistas en la conquista de regiones no capitalistas, el imperialismo aumenta tanto en violencia y energía su comportamiento agresivo en relación al mundo no capitalista, como agrava sus contradicciones entre los países capitalistas en competencia,

por lo que concluye que

cuanto más violento, enérgico y exhaustivo es el esfuerzo imperialista en la distribución de las culturas no capitalistas, más rápidamente destruye la base de acumulación del capital. El imperialismo es tanto un método histórico de prolongar la existencia del capital, como el medio más seguro de poner objetivamente un punto final a su existencia. (…) La propia tendencia a alcanzar esa meta de desarrollo capitalista se reviste de formas que caracterizan a la fase final del capitalismo como período de catástrofes. (ibídem: 305)

Aquí, imperialismo aparece como: 1) “expresión política del proceso de acumulación del capital”, 2) algo que “agrava las contradicciones entre países capitalistas en competencia”, y 3) “método histórico”. Así, en esta última aparición, surge un problema que hasta entonces no existía: si el imperialismo es una política que acompaña universalmente la acumulación del capital, ¿cuáles son esas “formas que caracterizan la fase final del capitalismo como un período de catástrofes”?

Como dijimos a lo largo de todo el libro, esas son las únicas veces que Luxemburgo emplea la palabra imperialismo. Pero en su trabajo, Luxemburgo también adjetiva este término. Veamos cómo aparece el adjetivo “imperialista” y qué revela sobre el problema que nos convoca.

En el prefacio, la autora habla de “política imperialista actual” (Luxemburgo, 1985: 3). En el capítulo XXI, Las “terceras personas” y los Tres Reinos de Struve, se refiere al “programa liberal de expansionismo imperialista del capitalismo ruso” (ibídem: 199) y después asocia el término a los “apetitos imperialistas de los tres grandes malvados” –refiriéndose a Gran Bretaña, Rusia y Estados Unidos, irónicamente llamados como “nuevos mercantilistas”– (ibídem: 200). En el capítulo XXX, Los empréstitos internacionales, aparece también como una “profesión de fe imperialista” de un “extraordinario agente de la civilización capitalista en países primitivos” (ibídem: 299, nota al pie), de un modo semejante al que aparece en el capítulo XXIX, La lucha contra la economía campesina, el “programa imperialista de Cecil Rhodes” (ibídem: 284).

Hasta aquí, todas las apariciones de “imperialista” parecen corroborar la asociación de este término con una política del capital. Pero en ese mismo capítulo XXIX ocurre un cambio de significado bastante importante: “imperialista” no es usado como un adjetivo de una política, sino más bien para demarcar una temporalidad específica –caracterizada por la manera específica por la cual se articulaba el militarismo y la acumulación del capital–. En este momento, en la parte final de su libro, Luxemburgo llama la atención sobre el hecho de que sin la destrucción de formas sociales no capitalistas no sería posible continuar la acumulación. Es decir, si el mundo llegara un día a constituirse plenamente por capitalistas y trabajadores asalariados –como supone el esquema de reproducción de Marx que Luxemburgo crítica–, esto implicaría

la imposibilidad de lograr la acumulación (lo que) significa, en términos capitalistas, la imposibilidad de un desarrollo posterior de las fuerzas productivas, y, con esto, la necesidad objetiva, histórica, de un declive del capitalismo. De ahí resulta el movimiento contradictorio de la última fase, imperialista, como período final de la trayectoria histórica del capital. (ibídem: 285; cursivas añadidas)

Podemos ver, por lo tanto, que la idea de que el imperialismo es una “última fase”, el “período final de la trayectoria histórica del capital”, está presente en el argumento de Luxemburgo en 1913. Esto es, cuatro años antes de la publicación de Imperialismo, fase superior del capitalismo de Lenin, a quien se suele tratar como el primer autor en articular el imperialismo con una fase histórica del capitalismo. De manera emblemática, esa no es la única vez que el adjetivo imperialista aparece asociado a la idea de una última etapa del capitalismo. Esto vuelve a ocurrir en el capítulo XXX, Los empréstitos internacionales, en el cual encontramos la idea de que

la fase imperialista de la acumulación de capital o la fase de competencia capitalista internacional comprende la industrialización y la emancipación capitalista de antiguas zonas del interior donde el capital realizaba su plusvalía. Los métodos operativos específicos de esta fase son representados por los empréstitos extranjeros, por la construcción de ferrocarriles, por revoluciones y guerras. (ibídem, 1985: 287; cursivas añadidas)

Luxemburgo apuesta, así, a la importancia de los créditos externos para la dinámica competitiva de la fase imperialista del capitalismo:

en el período imperialista, los empréstitos extranjeros desempeñan un papel extraordinario como medio de emancipación de los nuevos Estados capitalistas. Lo que existe de contradictorio en la fase imperialista se revela claramente en las oposiciones características del moderno sistema de créditos externos. Estos son imprescindibles para la emancipación de las naciones capitalistas recién formadas y, al mismo tiempo, constituyen para las viejas naciones capitalistas el medio más seguro de tutelar a los nuevos Estados, de ejercer control sobre sus finanzas y presión sobre su política externa, aduanera y comercial. Los empréstitos son un medio extraordinario para abrir nuevas áreas de inversión para el capital acumulado de los países antiguos y para crearles, al mismo tiempo, nuevos competidores; son el medio para ampliar, en general, el radio de acción del capital y al mismo tiempo reducirlo. (ibídem: 288, cursivas añadidas)

Terminamos así la exposición sistemática de los conceptos. No existe ninguna otra mención de los términos imperialismo o imperialista en La acumulación del capital. Resaltamos que no parece haber duda de que, además de una “expresión política” de expansionismo que caracteriza al capitalismo del primero al último de sus días, interpretación que está presente en el libro, también podemos encontrar en la misma obra la asociación entre imperialismo y un período marcado por la “competencia capitalista internacional”.

Así, a diferencia de lo que solemos encontrar en la historiografía crítica sobre las tesis luxemburguistas, estos términos significan tanto una expresión política como un período o una fase del capitalismo. Visto retrospectivamente, según como se trató la cuestión en el siglo que nos separa de su publicación, parece tratarse de una “confusión” a cuenta de los célebres “equívocos” de la autora. Sin embargo, esto no se condice con el hecho de que, ya en 1913, ninguno de los grandes intérpretes del imperialismo generalmente recuperados en el panteón de los clásicos había presentado la cuestión sin “confusiones”.

Imperialismo de Lenin es generalmente considerado como una gran síntesis que organiza la cuestión. Desde el título, Lenin defiende extensamente que la mejor –la única– manera de comprender el imperialismo es en tanto fase del capitalismo. Pero mucho aconteció en este intervalo entre las dos obras, para que se sedimentase la percepción de que el capitalismo se había transformado en imperialismo[5]. Lo interesante es que esa percepción fue asumida solamente por el ala más radical del marxismo internacionalista –del cual tanto Lenin como Luxemburgo siempre participaron– y en gran medida justamente por la oposición a las alas más conservadoras del socialismo para la cual el imperialismo era una “elección política”[6]. Para nosotros, lo que interesa retener aquí es que, al contrario de lo que sugiere la línea hegemónica de las interpretaciones sobre el imperialismo que canoniza a Lenin y relega a Luxemburgo, es la idea de que el imperialismo es una fase (terminal) del capitalismo y anuncio del socialismo, lo cual de forma aparentemente confusa –“confusión” solo perceptible retrospectivamente– ya hacía visible Luxemburgo en 1913.

Un texto que corrobora la interpretación por la cual Luxemburgo fue percibiendo gradualmente la centralidad del imperialismo es su Anticrítica, escrito en 1915 con el objetivo de refutar la gigantesca polémica generada por su anterior obra, La acumulación del capital[7]. En este texto, argumenta que

el período imperialista presenta los siguientes síntomas: competencia entre los Estados capitalistas, apuntando a la apropiación de colonias y al dominio de ciertas áreas de interés, encuentro de nuevas opciones para la aplicación del capital europeo, sistema de empréstitos internacionales, militarismo, medidas aduaneras proteccionistas, supervalorización del papel desempeñado por el capital bancario y por los cárteles en la política mundial, señales que hoy son perfectamente conocidas como manifestaciones típicas del período en consideración. (ibídem: 336, cursivas añadidas).

Incluso más,

las conexiones que estos síntomas presentan con la fase final del desarrollo capitalista y la importancia que ellos tienen para la acumulación de capital son tan aparentes que tanto los defensores del imperialismo como sus enemigos claramente los reconocen y aceptan como tales. (ibídem: 336, cursivas añadidas)

En síntesis, en 1915 –antes de la publicación del libro de Lenin– Luxemburgo ya argumentaba que el imperialismo –la fase final del desarrollo capitalista– era un período caracterizado por la rivalidad colonialista de los Estados y la competencia del capital “el fenómeno exponencial de la vida pública moderna” (ibídem: 336).

 

3. El imperialismo en el Borrador de las Tesis de Junio

Aún cuando no estaba resuelta de modo perentorio desde el punto de vista conceptual –siendo que el imperialismo es llamado a veces como política y otras veces como fase–, la relación entre las contradicciones de la acumulación del capital y el imperialismo es defendida por Luxemburgo con bastante claridad. Podemos notar que, a lo largo de los años se va enfatizando –a partir de la posición de la socialdemocracia– la idea de que la rivalidad imperialista no es una cuestión de elección, sino que responde a imperativos capitalistas que tienen relación directa con los procesos que venían ocurriendo en aquel momento. Independientemente de que aparecía en el discurso como una relación entre capital e imperialismo, el desafío ya estaba puesto de manera cristalina: el combate al “coloso triunfante del imperialismo” (Loureiro, 2011b: 331). Esta constatación es importante para que tomemos dimensión de la importancia que el imperialismo asume en otras obras de Luxemburgo generalmente relegadas por la historiografía específica sobre imperialismo, que tienen el pésimo vicio de citar apenas las obras canónicas como si fuesen la vedad sobre la interpretación de aquellos autores y de nuestra autora sobre el asunto. Veamos cómo aparece la cuestión en el Borrador de las Tesis de Junio [1916] (Loureiro, 2011b), de las cuales reproducimos algunos pasajes en los que la autora trata la cuestión específica del imperialismo. En sus tesis, encontramos lo siguiente:

1.    La guerra mundial redujo a poco los resultados de cuarenta años de trabajo del socialismo europeo, aniquilando la importancia de la clase trabajadora revolucionaria como factor de poder político y de prestigio moral del socialismo, haciendo explotar la Internacional proletaria, conduciendo a sus secciones en un fratricidio mutuo y encadenando al barco del imperialismo los deseos y esperanzas de las masas populares en los países capitalistas más importantes. (p. 9)

2.    Con la aprobación de los créditos de guerra y la proclamación de la unidad nacional [Burgfrieden], los dirigentes oficiales de los Partidos Socialistas de Alemania, Francia e Inglaterra reforzaron el imperialismo en la retaguardia, llevaron a las masas populares a soportar pacientemente la miseria y el horror de la guerra, contribuyendo así al desencadenamiento desenfrenado de la furia imperialista, a la prolongación de la masacre y al aumento de sus víctimas –participan, por lo tanto, de la responsabilidad por la guerra y sus consecuencias–. (p. 9-10)

5.    La guerra mundial no sirve ni a la defensa nacional ni a los intereses económicos o políticos de las masas populares, cualesquiera que ellos sean; la guerra es simplemente fruto de las rivalidades interimperialistas entre las clases capitalistas de diferentes países por la dominación del mundo y por el monopolio de la explotación y del empobrecimiento de los últimos restos del mundo que el capital aún no dominó. En esta época de imperialismo desenfrenado ya no puede haber guerras nacionales. Los intereses nacionales sirven solo de mistificación para poner a las masas populares trabajadores al servicio de su enemigo mortal, el imperialismo. (p. 10, cursivas añadidas).

6.    La libertad y la independencia, para cualquier nación oprimida, no puede brotar de la política de los Estados imperialistas, ni de la guerra imperialista. Las pequeñas naciones no pasan de piezas en el juego de ajedrez de las potencias imperialistas y, al igual que las masas populares trabajadoras de todos los países beligerantes, son usadas como instrumento durante la guerra para ser, después de la guerra, sacrificadas en el altar de los intereses capitalistas. (p. 10).

7.    En estas circunstancias, cualquiera sea derrotado o cualquiera sea victorioso, la actual guerra mundial significa una derrota del socialismo y de la democracia. Cualquiera que sea la salida –excepto que hubiera una intervención revolucionaria del proletariado internacional–, esta solo conduce al refuerzo del militarismo y del marinismo, de los apetitos imperialistas, de los conflictos internacionales, de las rivalidades económicas mundiales y de la reacción en el plano interno (de los propietarios de la tierra, de los provocadores, del cártel de la industria, del clericalismo, del chauvinismo, del monarquismo); en contrapartida, lleva al enflaquecimiento del control público, de la oposición, así como reduce los parlamentos a instrumentos obedientes del militarismo en todos los países. Por lo tanto, en última instancia, esta guerra mundial sólo trabaja para que, después de un intervalo mayor o menor de paz, una nueva guerra sea desatada. (p. 10-11)

8.    La paz mundial no puede ser garantizada por tribunales de diplomáticos capitalistas, ni por los acuerdos diplomáticos sobre el “desarme”, sobre la pretendida “libertad marítima”, ni por “alianzas de los Estados europeos”, “uniones aduaneras en Europa central”, “Estados-tapones” y semejantes proyectos utópicos reaccionarios en el fondo. El imperialismo, el militarismo y la guerra no pueden ser eliminados ni contenidos mientras las clases capitalistas ejerzan su dominación de modo incuestionado. La única garantía y el único apoyo a la paz mundial son la voluntad revolucionaria y la capacidad de acción política del proletariado internacional. (p. 11)

9.    El imperialismo como última fase y apogeo del dominio político mundial del capital es el enemigo mortal común del proletariado de todos los países y es contra él que debe concentrarse, en primer lugar, la lucha de la clase proletaria, tanto en la paz como en la guerra. Para el proletariado internacional, la lucha contra el imperialismo es, al mismo tiempo, la lucha por el poder político estatal, el conflicto decisivo entre socialismo y capitalismo. El destino del objetivo final socialista depende de que el proletariado internacional recobre ánimo y enfrente al imperialismo en todo frente y haga de la palabra de orden “¡guerra a la guerra!”, con toda la fuerza y con extremo coraje para el sacrificio, la norma de su práctica política. (p. 11, cursivas añadidas)

Hacemos este rescate por dos motivos interconectados. El primero es refrendar nuestro argumento central: no es correcta la interpretación por la cual Luxemburgo no percibió que el imperialismo era una fase específica del desarrollo del capitalismo. Y el segundo es apuntar el protagonismo paulatino que el imperialismo pasa a tomar en los textos de Luxemburgo, llegando a componer el núcleo de sus proposiciones políticas.

 

4. Sobre la posición ambigua de Luxemburgo en relación con el imperialismo y su legado a la periferia del capitalismo: la “economía” y la “política”

Por los argumentos ya expuestos, ¿cómo podemos analizar esta duda (fase o política) sobre la posición de Luxemburgo sobre el imperialismo? La postura usual es más bien afirmar las fragilidades de la autora frente a los demás teóricos del tema. Por ello, se seleccionan arbitrariamente algunos fragmentos de cada una de las obras canónicas y se apuntan sus ausencias. Estamos en contra de este procedimiento[8]. Defendemos que el pensamiento crítico no debe ser arbitrario y que la comprensión del imperialismo no puede limitarse a los textos canónicos.

En lo que toca específicamente a la autora que nos propusimos analizar aquí, tenemos que recordar que Rosa Luxemburgo no es solo una de las principales defensoras de la postura radical –que defendía inexorablemente la relación entre capitalismo y guerra–, sino que al menos desde su famoso artículo “¿Reforma Social o Revolución?”, conocido por la historiografía como el Anti-Berstein de 1899[9] (Loureiro, 2011a), ya venía buscando –con bastante éxito, de hecho– probar que no existe posibilidad de desarrollo pacífico del capitalismo. Es claro que la demostración de esta tesis no es algo trivial. Rosa Luxemburgo tenía plena conciencia de esto, lo que queda claro cuando observamos que, en una carta a Leo Jogiches –en aquel momento, su compañero y cómplice intelectual–, confiesa sobre el texto contra Bernstein que “tiene dos problemas difíciles: 1) escribir sobre la crisis; 2) demostrar de modo inequívoco que el capitalismo fracasará”, a lo que agrega que “es indispensable probarlo, pero esto significa escribir de manera concisa un nuevo argumento para el socialismo científico” (Luxemburgo, 1983 [1915]: 80).

Nunca fue fácil probar esa relación. Incluso para nosotros, a un siglo de esas publicaciones, no es trivial pasar de la intuición a la demostración[10]. Pero no deja de ser pasmosa la precocidad con la que Luxemburgo percibió que en las cuestiones mundiales “se expresan nítidamente, otra vez, el nexo íntimo entre la política mundial y las condiciones políticas internas de los Estados” (Loureiro, 2011a: 413).

Entre los principales legados del pensamiento de Rosa Luxemburgo sobre el imperialismo, el principal aporte es sin duda su énfasis en la correlación entre la acumulación de capital y el imperialismo, de tal suerte que la propia acumulación “normal” del capital necesariamente engendra procesos de expansión que, concretamente, acaban por significar la expansión del modo de producción capitalista y la destrucción de todas las demás formas de vida[11]. Es en este sentido específico que el pensamiento de Luxemburgo presenta una actualidad fundamental para la lucha política latinoamericana, puesto que en nuestro continente aún tenemos una amplia gama de sociedades que están amenazadas por una nueva expansión capitalista, como resulta evidente en los conflictos del capital contra poblaciones indígenas, ribereñas y mestizas[12].

Lo que estamos sugiriendo es que Luxemburgo percibió que cada una de esas “nuevas aventuras” imperialistas era “apenas una consecuencia lógica de los desarrollos políticos y económicos internos de la sociedad burguesa de clases” en la búsqueda por dilapidar formas de vida “tradicionales” y “engullirlas en el modo capitalista”, una vez que este es el “sentido de cada fragmento de desarrollo de la política mundial” (Loureiro, 2011a: 415). Se concede así una visión del imperialismo en tanto totalidad histórica movida por la incesante acumulación de capital.

Pero la tarea de comprender la obra de Rosa Luxemburgo no es de las más fáciles. Más allá de su inmenso volumen –ella fue, a fin de cuentas, una de las más activas e importantes periodistas de la socialdemocracia mundial– y del hecho de que frecuentemente sus textos solo están disponibles en lenguas hostiles a los hablantes latinos, la forma en que los textos están organizados es también un gran problema para abordarlos –y esto es una cuestión que tiene problemas teóricos y políticos que precisan ser resueltos–. Esto es lo que denuncia, por ejemplo, Michael Krätke en un texto bastante pertinente, recientemente publicado en la nueva edición de Rosa Luxemburgo o el precio de la libertad. En este artículo, Krätke señala que Luxemburgo “no fue comprendida como economista, lo que era por formación, por inclinación y por actividad, y su legado teórico, hoy está casi olvidado, permanece inexplorado” (Krätke, 2015: 75-76), siendo que, como indica en el título, Luxemburgo poseía una “gran herencia económica” (ibídem). Como escribe el autor,

mientras tanto, una Rosa Luxemburgo dividida al medio, de la cual la economía política fue expulsada, solo sirve a la leyenda. Su tesis de doctorado, aprobada con honor e inmediatamente publicada, versaba sobre el desarrollo industrial de Polonia en el contexto del Imperio Ruso. Una investigación estadística, empírica y al mismo tiempo analítica de la industrialización de una economía anteriormente regional y agraria, un argumento económico contra el nacionalismo polaco. Ella escribió en su primera obra, La acumulación del capital, de 1913, como ‘contribución a la explicación económica del imperialismo’. Su trabajo principal como periodista, profesora e intelectual pública consistía en esclarecer y criticar: esclarecimiento de las condiciones económicas y crítica de la economía abiertamente política o aparentemente apolítica de su tiempo –esclarecimiento y crítica del desarrollo del capitalismo actual, en Europa y en el mundo entero–. Los escritos de los cuales la pluma belicosa y noble de Rosa Luxemburgo debe su fama son incomprensibles si nos olvidamos de la economista política. (ibídem)

Para nuestro interés por la consideración crítica del legado de Luxemburgo sobre la teoría clásica del imperialismo, la interpretación de Krätke implica un doble giro en relación a la historiografía sobre la autora. Por un lado, con la (re)consideración –por parte de los lectores en general, no solamente de los economistas– de las obras consideradas económicas, como La acumulación del capital y La introducción a la economía política. Pero, por otro lado, sería también preciso encarar las obras consideradas “políticas”, que no son tan “políticas” de esa forma. A título de ejemplo, para confirmar su hipótesis de lectura, presenta tres textos “políticos”. Para el autor, es preciso considerar que

en el Anti-Berstein (“¿Reforma social o revolución?”), de 1899, no se trata de preferencias políticas, de estrategia y táctica. Se trata centralmente y en primer lugar de la cuestión de que si deben ser y cómo deben ser juzgadas las modificaciones estructurales del capitalismo más reciente, es decir, desde el inicio de la primer Gran Depresión en 1873 –y lo que esas modificaciones estructurales significan para el futuro del capitalismo. (…) Siguiendo la crítica de Rosa Luxemburgo, Berstein no entendía lo que de hecho había cambiado con el decurso de la Gran Depresión y durante los primeros años de larga prosperidad –ni el desarrollo más reciente de las empresas capitalistas, ni el desarrollo del sistema de crédito y de los mercados financieros, ni los enormes cambios en el mercado mundial que impulsaron a la competencia imperialista de los principales países capitalistas. (ibídem: 76)

Krätke sigue argumentando que el “escrito (de Luxemburgo) sobre la huelga de las masas fue un trabajo pionero. Una cuestión aparentemente solo táctica del movimiento obrero es tratada ahí de manera ejemplar, a saber, en términos económicos y políticos” (ibídem: 77). Al fin,

también el Borrador de Junio, publicado en 1916 con el título de La crisis de la socialdemocracia, trata de economía política. (…) Ella examinó sucesivamente las particularidades del desarrollo capitalista en esos países, que, en Europa y en el mercado mundial, se encuentran como grandes potencias competidoras y rivales –comenzando por la ya desafiada fuerza hegemónica del mercado mundial, por el capitalismo británico y por la versión británica de imperialismo, pasando por los capitalismos francés y alemán y sus propias colonias, hasta el capitalismo austríaco, italiano y ruso y sus respectivas variantes de imperialismo–. (ibídem: 77).

Lo que la lectura de Krätke sugiere, a nuestro juicio, no deja de ser una especie de vuelta de tuerca en la manera en que se lee la bibliografía luxemburguista desde hace mucho tiempo, en la cual se acostumbró a dividir sus trabajos entre politólogos y economistas, siguiendo la pista su biógrafo John Peter Nettl (1966), para quien en las obras de Rosa Luxemburgo economía y política se disocian completamente. Esa es, por ejemplo, la forma por la cual fueron editadas las obras completas en inglés, siendo que los dos volúmenes ya publicados fueron llamados economics writtings (“escritos económicos”).

A partir de su lectura, Krätke denuncia que, en este procedimiento usual, “análisis políticos, escritos de combate y estudios económicos van lado a lado, sin ninguna relación entre sí”. Para el autor, sin embargo, “esto no es de ninguna forma así”, porque

Rosa Luxemburgo no se encuadra en esquemas: ella no se somete a la división del trabajo finamente depurada y académicamente establecida entre, de un lado, ‘teóricos del Estado’, ‘teóricos de la revolución’ y, de otro, ‘teóricos de las crisis y del capitalismo’. Desde el inicio, ella considera el proceso mundial e histórico de acumulación del capital como al mismo tiempo económico y político. Tomadas como un todo, como un proceso de desarrollo histórico, la acumulación capitalista y su dinámica específica solamente pueden ser comprendidas cuando se tiene a la vista la relación del proceso económico con la violencia política, de la ‘competencia pacífica’ con la ‘violencia ruidosa’ del Estado capitalista. Solo juntos, ‘interrelacionados orgánicamente’, el proceso económico y la violencia del Estado resultan en el proceso histórico de la ‘trayectoria del capital’. (Krätke, 2015: 78)

Para este autor, por lo tanto, Rosa Luxemburgo “entendía la economía política como una ciencia social, particular e histórica que solo se puede desarrollar como el capitalismo moderno”[13]. Pero “esa teoría no está de modo alguno resuelta”. Estamos plenamente de acuerdo con el diagnóstico.

 

Consideraciones finales

Buscamos presentar en este artículo el modo en que la comprensión del imperialismo fue adquiriendo mayor envergadura y complejidad en las obras de Rosa Luxemburgo, así como ocurrió con otros autores marxistas del mismo período, por ejemplo, con el propio Lenin. Pretendíamos con esto defender la hipótesis de que en esa autora es posible entender el imperialismo como una política, pero también como una fase histórica del capitalismo.

Consideramos que la difusión de esta tesis de que la autora usa el concepto de manera equivocada como política resulta una elección arbitraria hecha de trozos de sus obras, así como el favor a obras canónicas en detrimento de un análisis conjunto de sus escritos. La opción por esta práctica ignora una serie de textos llamados “políticos”, en los cuales la autora ya venía desarrollando su comprensión del imperialismo en tanto un período del sistema capitalista.

Además, juzgamos que otro aspecto de la divulgación de este erróneo argumento es resultado de la compartimentación de las ciencias humanas, tal como conocemos actualmente en los ambientes académicos. Todas las autoras y los autores clásicos del imperialismo –entre los cuales incluimos a Rosa Luxemburgo– escribían sus obras en el inicio del siglo XX, período en que esa compartimentación no había alcanzado aún el nivel de hoy. De esta forma, consideramos que hay en estos autores un fuerte entrelazamiento entre economía y política, y no una separación estanca, tal como observamos hoy.

La separación de lecturas de la autora entre los politólogos y los economistas oscurece las relaciones existentes entre imperialismo, Estado, política, desarrollo del capitalismo a lo largo de la historia y revolución proletaria, elementos imbricados en todo su debate teórico y su práctica política. Eso se vuelve evidente, a nuestro entender, cuando reunimos los libros clásicos con sus escritos periodísticos y políticos, en los cuales la autora defendía de manera inexorable la relación entre el desarrollo del capitalismo y la feroz competencia entre las potencias y la guerra imperialista.

En este sentido es que reivindicamos una cuidadosa lectura, más integral, de la obra de Rosa Luxemburgo, considerando que la misma posee contribuciones cruciales para el debate clásico y contemporáneo del imperialismo, especialmente en lo que dice respecto a la conexión necesaria entre el desarrollo capitalista y las demás formas arcaicas encontradas en las periferias del mundo, elementos muchas veces relegado para la comprensión de la fase imperialista.

Rosa Luxemburgo no cabe en ese tipo de esquematismo académico. Ni tampoco cabe en cualquier tipo de canonización. Por más que cualquier alma sensible se apasione por su figura y por su fina inteligencia, la admiración es una afrenta a su memoria crítica. Es preciso encarar sus lagunas. El objetivo de este trabajo –con límites de espacio– fue apuntar elementos de su obra que deben ser mejor comprendidos por la historiografía del imperialismo. Es preciso que escribamos otros trabajos sobre sus limitaciones y sobre los vínculos del problema del imperialismo con las dinámicas sobre la propia reproducción social, por ejemplo, el famoso debate sobre Reforma-Revolución. Y aún hay mucho por escribir sobre el problema del imperialismo en su propio tiempo, incluyendo a los autores malditos (como Kautsky y Bernstein, por ejemplo) y los textos no canónicos de cada una de esas personas olvidadas en el debate.

Solo a título de sugerencia, aprovechando la divulgación de este trabajo en el ámbito de un dossier latinoamericano dirigido a investigadoras e investigadores del imperialismo en nuestro continente, quisiéramos dejar registrado que, desde nuestro punto de vista, es preciso encarar también la difícil tarea de hacer dialogar la historiografía de Luxemburgo con el principal concepto ausente de su teoría: el capital financiero de Rudolf Hilferding, apropiado inteligentemente por Lenin en Imperialismo. Buscaremos encarar este problema en futuros textos.

 

Bibliografía

Callinicos, A. (2009). Imperialism and Global Political Economy. Cambridge/Maiden: Polity Press.

Franco, T. F. (2015). Sobre a Odisséia do Capital: comentários acerca da historiografia do Imperialismo Capitalista em nossos dias.  Tesis de Doctorado. Curso de Desenvolvimento Econômico - História Econômica, Instituto de Economía, Universidade Estadual de Campinas (UNICAMP), Campinas. Recuperado de: https://www.academia.edu/22347871/Sobre_a_Odisséia_do_Capital_comentários_acerca_da_historiografia_do_Imperialismo_Capitalista_em_nossos_dias_2015_tese_de_doutorado

Krätke, M. (2015) “A herança econômica recalcada. Em: Schütrumpf, J. (org.) Rosa Luxemburgo ou o preço da liberdade. Revisão técnica: Isabel Loureiro. Traduções: Isabel Loureiro, Karin Glass, Kristina Michahelles e Monika Ottermann. São Paulo: Fundação Rosa Luxemburgo. Recuperado de: http://rosaluxspba.org/wp-content/uploads/2015/05/Rosa-Luxemburgo_versao-web.pdf.

Lênin, V. (2010). Imperialismo: fase superior do capitalismo. São Paulo: Centauro.

Loureiro, I. [org.] (2011a). Rosa Luxemburgo: textos escolhidos (1899-1914). Tradução do alemão de Stefan Fornos Klein; tradução do polonês de Bogna Thereza Pierzynski, Grazyana Maria Asenko da Costa e Pedro Leão da Costa Neto. São Paulo: Unesp, v.1.

Loureiro, I. [org.] (2011b). Rosa Luxemburgo: textos escolhidos:(1914-1919). Organização, tradução do alemão e notas de Isabel Loureiro. São Paulo: Unesp, v. 2.

Luxemburgo, R. (1985) [1912-1924]. A Acumulação do Capital: contribuição ao estudo econômico do imperialismo. Anticrítica.  Tradução de Marijane Vieira Lisboa e Otto Erich Walter Maas. São Paulo: rie “Os economistas”, Nova Cultural, v.1.

Nettl, J. P. (1966) Rosa Luxemburg, v. 1 y 2. Oxford: Oxford University Press.

Singer, P. (1985). Apresentação. En: Luxemburgo, R. A Acumulação do Capital: contribuição ao estudo econômico do imperialismo. Anticrítica. São Paulo: Série “Os economistas”, Nova Cultural, pp. VII-XLII.



[1] Máster en Ciencias Sociales de la Universidad Federal de Sao Paulo (UNIFESP), graduado en la Facultad de Campinas. Sus principales áreas de investigación comprenden los siguientes temas: el imperialismo, la dependencia, Brasil y América Latina. Correo electrónico: gabymurua@gmail.com

[2] Máster y Doctor en Desarrollo Económico (UNICAMP) en el área de Historia Económica. Licenciado en Relaciones Internacionales (Facultad de Campinas) y Ciencias Sociales (UNICAMP). Sus principales intereses de investigación incluyen el estudio de la historia del modo de producción capitalista y las diversas interpretaciones del imperialismo. Correo electrónico: thiagoffranco@yahoo.com.br

 

[3] Así, se comprende el hecho de que el imperialismo solo fuera teorizado de forma sistemática en 1916 por Lenin. Mucho menos asombra que el propio autor reconozca que todo lo que había desarrollado teóricamente sobre el tema ya había sido hecho antes en el “Manifiesto de Basilea”. Por otro lado, señalamos que Luxemburgo publicó su obra principal, La acumulación del capital, en 1913 –es decir, después del artículo “Marruecos”–, que tenía por subtítulo “Contribución al estudio económico del imperialismo”, mostrando el vínculo entre capitalismo e imperialismo como discutimos a continuación.

[4] Cfr., por ejemplo, Singer (1985).

[5] Cfr. Lenin 2011 [1917]: 127.

[6] Ver por ejemplo la polémica de Lenin con Kautsky.

[7] El texto Anticrítica fue recién publicado en 1921, cuando Luxemburgo había sido ya asesinada. Sobre este punto, ver Franco (2015).

[8] Cfr. Franco, 2015, capítulo 9.

[9] Es decir, más de una década antes de “Marruecos”.

[10] En especial, aunque con existen muchos avances, resta todavía una enorme –y conocida– tarea para la izquierda latinoamericana en la constitución de un pensamiento crítico anti-imperialista, a pesar de la inmensa contribución que nuestro continente ofrece, desde hace mucho tiempo, a los pueblos oprimidos del mundo.

[11] Cfr. Franco, 2015.

[12] Queremos destacar la coherente actuación de la Fundación Rosa Luxemburgo, que en su sede regional en Brasil y el Cono Sur tiene como principales ejes de trabajo la “resistencia en las ciudades, con el foco en la defensa de derechos, transparencia y democracia; resistencia en el campo, con críticas a los modelos extractivistas, la transgénesis y la mercantilización de la naturaleza; y alternativas al desarrollismo, con el uso de experiencias locales y conceptos como el Buen Vivir”. Asimismo, el patrocinio a diversos trabajos de activistas e intelectuales que actúan en la lucha anticapitalista. Cfr. http://rosaluxspba.org

[13] “Esa nueva ciencia fue inventada porque la realidad económica cotidiana del capitalismo parecía, y debería parecer, impenetrable, enigmática a los que de ella participaban. Por el hecho de que en el capitalismo la economía ‘se ha transformado en un fenómeno extraño, alienado, independiente de nosotros’, era necesario un esfuerzo científico, eran necesarias la investigación y formación teórica para comprender ‘el sentido y la regla’ de esa economía social. Sin el ‘fetichismo’, sin el mundo del revés de las relaciones capitalistas de producción, no hay economía política. En el caos de los hechos del mercado ya los economistas clásicos encontraban conexiones, leyes. Detrás de la confusión inquietante de los movimientos del mercado, de las coyunturas y las crisis, era posible encontrar un orden dominante cargado de conflictos: el dominio del capital, una forma característica de la economía, históricamente específica, basada en la anarquía del mercado y la libre competencia, la atomización de la reproducción social basada en numerosas empresas y los hogares privados. Todas las categorías de la economía teórica son el mismo tiempo históricas, con distinto alcance y validez. La crítica de la economía política, la obra de Marx, rompe el fetichismo, la falsa apariencia de las relaciones económicas ‘naturales’, sin validez temporal, y muestra todas partes el significado y el carácter histórico de las categorías tales como el valor, la mercadería, el dinero, el mercado, la circulación, el capital, y así sucesivamente, son los elementos de la teoría económica. En la crítica, estos elementos estaban ligados por primera vez en la 'teoría del desarrollo capitalista ", tal como se expresa en la corta y adecuada fórmula de Rosa Luxemburgo” (Krätke, 2015: 79).